Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Comentario Nº 100 - 1 de noviembre de
2002
"Lula: La esperanza
venció al miedo"
El 28 de octubre, tras
ganar las elecciones brasileñas, Luis Inacio da Silva ("Lula") dijo a
la multitud y al mundo: "Brasil ha votado hoy por el cambio. La esperanza
ha vencido al miedo". Esa frase recoge exactamente lo que sucedió, y
subraya la importancia del acontecimiento en un mundo en el que, sobre todo
durante el último año, el miedo ha venido venciendo a la esperanza en casi
todas partes.
El director del
periódico uruguayo Brecha saludó esa elección como "el mayor
triunfo de la izquierda latinoamericana en toda su historia", un rechazo
del "amargo sabor de las promesas de los gurúes del libre mercado".
La reacción de las fuerzas populares en toda Latinoamérica ha sido de alegría y
asombro. La reacción de las fuerzas del liberalismo y del espíritu de Davos ha
sido de incertidumbre sobre qué hacer. No sabían qué decir. Han explicado el
triunfo por el hecho de que Lula y su Partido dos Trabalhadores (PT) se
habían desplazado hacia el centro, pero no están del todo seguros de ello, ya
que los líderes políticos y los medios de comunicación del Norte han venido
diciendo una y otra vez a Lula que debía desplazarse hacia el centro.
El único
acontecimiento comparable durante la última década fue el triunfo del Congreso
Nacional Africano en Sudáfrica en 1994. Una mirada hacia lo que sucedió allí
puede proporcionarnos cierta
comprensión de lo que está sucediendo en Brasil. Comenzaré con lo que me parece
comparable entre ambas situaciones. En primer lugar, ambas representan el
triunfo de fuerzas progresistas, tras una larga lucha, en el país
económicamente más poderoso de su región, un triunfo que parecía altamente
improbable hace una década. De hecho, hace tan sólo tres meses la mayoría de
los comentaristas predecían que Lula ganaría en la primera vuelta y sería
derrotado en la segunda. Por el contrario, ha ganado con el 61% de los votos.
En Sudáfrica, la
llegada al poder del CNA puso fin a la era del apartheid y estableció el
gobierno de la mayoría. En Brasil, la llegada al poder del PT ha significado la
elección de un partido obrero en un país en el que la clase media ha tenido
siempre las riendas del poder. En ambos casos el voto fue muy mayoritario. En
ambos casos la transición fue pacífica y no recusada por los militares, que en
ambos países habían desempeñado antes un papel político decisivo (y
reaccionario).
En ambos casos esa
transición pacífica fue posible no sólo por el apoyo popular al partido ganador
sino por las discusiones cruciales entre bastidores con algunos sectores claves
del mundo de los negocios que dieron un apoyo tácito o incluso activo a la
transición a cambio de una especie de garantía de que el nuevo gobierno
respetaría al menos algunas de las reglas del mundo financiero que esas capas
consideran esenciales para su supervivencia. En el caso de Sudáfrica, ocho años
después, ese trato se ha cumplido hasta cierto punto. En el caso de Brasil
podemos esperar lo mismo.
¿Porqué se llegó a
ese acuerdo? Desde el punto de vista de las capas empresariales, porque era
necesario un compromiso. Temían que podían perder considerablemente más en un
enfrentamiento con un gobierno de izquierdas, incluso si al final conseguían su
derrocamiento. Veían que el gobierno (tanto el del CNA como el del PT) iba a
estar en manos de personas capaces e inteligentes que gozaban del apoyo popular
y cuyos esfuerzos reformistas, por muy radicales que fueran, serían
"razonables". Por parte de las fuerzas populares llamadas a gobernar,
sabían que habían sido elegidas para conseguir una mejora de la situación
económica de la gente corriente, y temían que una retirada radical de su país
de grandes inversiones trajera exactamente lo contrario, y con mucha rapidez.
Se trataba, para ambas partes, de un acuerdo pragmático.
La cuestión que se
plantea hoy es si valía la pena desde el punto de vista las fuerzas populares.
Dentro del CNA y del PT había tres grupos diferentes en el momento del acceso
al poder: un grupo de gente pragmática, poco atada por compromisos ideológicos,
que consideraban la llegada al poder y permanecer en él como el objetivo principal
de su política; un segundo grupo, más comprometido con la ideología histórica
del movimiento, pero que también veía la necesidad de mantener unido al partido
si quería conseguir siquiera una parte de sus objetivos; y un tercer grupo,
bastante reducido, dispuestos a condenar y oponerse a cualquier desviación de
la ideología de izquierda tradicional.
El segundo grupo era
el que contaba con menor margen de maniobra, y el que tenía más dificultades para mantener su alcance y su
influencia. En Sudáfrica ese segundo grupo tiene una base institucional en los
llamados socios del CNA, que son la federación sindical (COSATU) y el partido
comunista sudafricano (SACP). Ocho años después, la COSATU y el SACP critican
con frecuencia públicamente al gobierno, pero siguen siendo sus aliados.
Continúan siendo influyentes. En Brasil no existe un equivalente formal, aunque
el Movimento dos Sem Terra (MST)
puede desempeñar ese papel. En ambos países el tercer grupo ha sido hasta ahora
extremadamente pequeño y relativamente irrelevante.
Hay desde luego
diferencias entre ambas situaciones. Cuando el CNA llegó al poder en 1994 la
economía-mundo estaba en una situación relativamente mejor y el gobierno
sudafricano no se había cargado con compromisos con el FMI. Además, la lucha contra
el apartheid tenía una resonancia mundial que había convertido a Mandela
en una especie de héroe de la cultura mundial. El PT y Lula son menos
conocidos, al menos fuera de Latinoamérica, y aunque Lula es una personalidad
muy atractiva, puede que no iguale el carisma mundial de Mandela.
Pero, por otra
parte, Lula y el PT tienen otras cosas a su favor. Latinoamérica está girando
hacia la izquierda, como se puede ver por lo que ha venido sucediendo en
Centroamérica, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina entre otros lugares. Existe
un nuevo estado de ánimo en todo el continente, y es el estado de ánimo de
Porto Alegre. Lula ha encarnado ese espíritu desde un principio, y está ahora
en condiciones de respaldarlo con los recursos y el prestigio del gobierno brasileño.
Si algunos sectores
empresariales brasileños le respaldan, no es sólo como un pis aller,
sino también porque esperan que refuerce la capacidad de las empresas
brasileñas para hacer frente a las multinacionales controladas por Estados
Unidos. Esperan que refuerce el Mercosur y se muestre como una fuerza de
resistencia constructiva al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Si
los militares brasileños no se sienten descontentos de que se haya sido
elegido, es porque se oponen vigorosamente al plan Colombia respaldado
por Estados Unidos y esperan que
contribuya a poner un dique a la extensión de la violencia.
Lula en el poder no
es Sendero Luminoso ni la Revolución Cultural china. El PT constituirá un
poderoso régimen progresista en el país más importante de Latinoamérica, uno de
los países económicamente más relevantes del sistema-mundo, una fuerza tras la
que la izquierda y el centro-izquierda latinoamericanos pueden unirse en los
años futuros. Puede que Lula sea muy prudente y en cuanto a la política
financiera del gobierno brasileño. Pero puede sin embargo constituirse en una
barrera real frente al empuje neoliberal en Latinoamérica y en el mundo. No es
sólo que la esperanza haya vencido al miedo en Brasil, sino que la esperanza
engendra esperanza en todo el mundo. Mientras el mundo espera la invasión
estadounidense de Iraq y la consiguiente turbulencia caótica que suscitará, la
elección de Lula es una señal de que podemos contraatacar.
Immanuel Wallerstein
© Immanuel
Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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