Fernand Braudel Center, Binghamton Univ.
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Comentario Nº 105, 15 de enero de 2003
¿Se puede evitar la
guerra contra Iraq?
La respuesta es
simplemente no, ya que los halcones estadounidenses no tomarán nada de lo que
puedan decir o hacer los iraquíes como razón aceptable para mantener sujetos
los perros de la guerra. Creo que nos encontramos como metidos en la novela de
Gabriel García Márquez Crónica de una muerte anunciada, una narración
sobre la muerte como ritual social. Estados Unidos va a la guerra contra Iraq
sobre todo para guerrear contra Iraq. Por eso nada de lo que puedan decir los
inspectores, nada de lo que puedan decir otros miembros del Consejo de
Seguridad (incluida Gran Bretaña) y evidentemente nada de lo que pueda decir
Saddam Hussein supondrá ninguna diferencia.
La guerra contra Iraq
fue públicamente solicitada durante los últimos años de la administración
Clinton en una declaración de unos veinte halcones, entre los que se
encontraban Cheney y Rumsfeld. Sabemos ahora que a los pocos días del atentado
del 11 de Septiembre el presidente Bush dio su aprobación a esa guerra. Todo lo
demás han sido simulaciones y maniobras. El desafío declarado de Corea del
Norte a Estados Unidos durante los últimos tres meses y la evasiva respuesta a
ese desafío del gobierno estadounidense aportan nuevas pruebas de que la
cuestión real no es la falta de cumplimiento por parte de Iraq de varias
resoluciones de la ONU.
Así pues, ¿por qué
creen Bush y los halcones que es esencial una guerra? Razonan del siguiente
modo: a Estados Unidos no le va muy bien en estos momentos. Según algunos
analistas, la hegemonía de Estados Unidos ha entrado en declive. Su economía se
encuentra en una situación incierta. Sobre todo, no puede estar seguro de que
superará a Europa occidental y a Japón/Asia oriental en las próximas décadas. Con
el colapso de la Unión Soviética ha perdido el principal argumento político que
tenía para convencer a Europa occidental y Japón de que siguieran todas sus
iniciativas políticas. Todo lo que le queda es un ejército extraordinariamente
poderoso.
Cuando Madeleine
Albright era secretaria de Estado se puso furiosa en cierta ocasión frente a la
renuencia de algunos militares de alto rango a respaldar su opinión sobre lo
que se debía hacer en los Balcanes, y al parecer dijo: "¿Para qué sirve
tener el ejército más poderoso del mundo, si nunca podemos utilizarlo?" Los
halcones convierten ese punto de vista en pieza central de su análisis. Creen
que Estados Unidos tiene el ejército más poderoso del mundo, que Estados Unidos
puede vencer en cualquier campaña militar que emprenda, y que el prestigio y la
potencia estadounidense en el sistema-mundo solamente se pueden restaurar por
medio de la fuerza. Lo fundamental del empleo de la fuerza no es conseguir el
cambio de régimen en Iraq (probablemente una baza menor, si se tiene en cuenta
lo que podría sustituir al actual régimen). Lo importante del empleo de la
fuerza es la intimidación que supone para los aliados de Estados Unidos,
para que dejen de quejarse y criticar y se comporten como es debido, sumisos
como los escolares que los halcones piensan que son.
La administración Bush
no se divide entre unilateralistas y multilateralistas. Todos son
unilateralistas. Los que llamamos "multilateralistas" son simplemente
los que han argumentado que Estados Unidos puede conseguir que su posición sea
adoptada formalmente por otros (la ONU, la OTAN), y que si se adoptan esas
resoluciones será mucho más fácil poner en práctica los planes previstos. Los
multilateralistas siempre han dicho que si no consiguen los votos que necesitan
en la ONU o en cualquier otro lugar, Estados Unidos siempre puede hacer lo que
le convenga por su cuenta. Y los llamados unilateralistas han aceptado esa
línea gracias a la cláusula de reserva. La única diferencia entre ambos grupos
es su estimación acerca de la probabilidad de que otros apoyen la línea
estadounidense. Lo que tenemos pues es un multilateralismo bajo la siguiente
forma: Estados Unidos es multilateral en la medida en que los demás adopten la
posición unilateral estadounidense; si no, no.
El problema básico es
que los halcones realmente se creen su propio análisis. Creen que una vez que
se gane la guerra en Iraq (y tienden a pensar que eso se conseguirá con
relativa facilidad), todos los demás se plegarán, que todo el Oriente Medio se
reconfigurará según sus deseos, que Europa se callará, y que Corea del Norte e
Irán temblarán y renunciarán por ello a todas sus aspiraciones armamentísticas.
Todo el mundo le está
diciendo a gritos a Estados Unidos que la situación es mucho más complicada,
que una invasión militar estadounidense de Iraq probablemente empeorará la
situación mundial, y que quien siembra vientos recoge tempestades. No escuchan,
porque no creen que sea así. Están impresionados por el poderío de los matones,
lo que también se podría llamar arrogancia.
La insensatez de esta
guerra tan abundantemente predicha consiste en que, además de causar
incontables sufrimientos, esencialmente innecesarios, a todo tipo de gentes (y
no sólo en Iraq), debilitará de hecho la posición geopolítica de Estados Unidos
y disminuirá la legitimidad de cualquiera de sus planteamientos futuros en la
escena política mundial. Estamos viviendo en un mundo verdaderamente caótico y
las aspiraciones estadounidenses a un imposible "imperio" equivalen a
incrementar la velocidad de un automóvil cuesta abajo cuyos frenos ya no
funcionan adecuadamente. Es algo suicida, y no sólo para los propios Estados
Unidos.
Immanuel Wallerstein (15 de enero de 2003).
© Immanuel Wallerstein 2003
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for RED VASCA ROJA by Juan Mª de Madariaga.