Fernand Braudel Center, Binghamton University
http://fbc.binghamton.edu/commentr.htm
Comentario Nº 110, 1 de abril de 2003
El fin del principio
Tras una batalla
decisiva durante la Segunda Guerra Mundial, alguien le preguntó a Winston
Churchill si aquello significaba el comienzo del fin, a lo que dio una
respuesta famosa: No, pero podría ser el fin del principio. Con la guerra de
Iraq el mundo ha llegado al fin del principio del reciente desorden mundial que
ha sustituido al orden mundial dominado por Estados Unidos entre 1945 y 2001.
En 1945 Estados Unidos
salió de la Segunda Guerra Mundial con tanto poder en todos los terrenos que
pronto se asentó como potencia hegemónica en el sistema-mundo y le impuso una
serie de estructuras para garantizar que funcionara de acuerdo con sus propios
deseos. Las instituciones clave de esa construcción fueron el Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas, el Banco Mundial y el FMI, y el acuerdo de
Yalta con la Unión Soviética.
Tres factores
permitieron a Estados Unidos poner en pie esas estructuras: 1) La abrumadora
supremacía en eficiencia económica de las empresas productivas basadas en
Estados Unidos; 2) La red de alianzas –especialmente la OTAN y el Tratado de
Seguridad Estados Unidos-Japón– que garantizaban apoyo político automático a
las posiciones estadounidenses en las Naciones Unidas y otros foros, reforzada
por una retórica ideológica (el "mundo libre") en la que ponían tanto
empeño sus aliados como los propios Estados Unidos; 3) Un dominio en el terreno
militar basado en el control estadounidense de las armas nucleares, combinado
con el llamado "equilibrio del terror" con la Unión Soviética, que
aseguraba que ninguno de los dos bandos en la llamada Guerra Fría utilizara
esas armas nucleares contra el otro.
Ese sistema funcionó
bastante bien al principio, y Estados Unidos logró lo que quería durante casi
todo el tiempo y en casi todos los terrenos. El único impedimento fue la resistencia
de los países del Tercer Mundo excluidos del reparto de beneficios. Los casos
más notables fueron los de China y Vietnam. La entrada de China en la guerra de
Corea hizo que Estados Unidos tuviera que contentarse con un armisticio, y
Vietnam acabó derrotando a Estados Unidos, lo que supuso un shock
dramático para su posición política y también económica (ya que ocasionó el fin
del patrón oro y de los tipos de cambio fijos).
Un golpe aún más duro a
la hegemonía estadounidense fue que, al cabo de veinte años, Europa occidental
y Japón habían conseguido tales avances económicos que se habían puesto casi a
la par con Estados Unidos, lo que desencadenó una larga y permanente
competición por la acumulación de capital entre esos tres focos de la producción
y las finanzas mundiales. Y luego vino la revolución mundial de 1968, que
socavó decisivamente la posición ideológica estadounidense (así como la
posición ideológica espuriamente opuesta de la Unión Soviética).
Ese triple shock
–la guerra de Vietnam, el ascenso económico de Europa occidental y Japón y la
revolución mundial de 1968– pusieron fin al período de hegemonía fácil (y
automática) de Estados Unidos en el sistema-mundo e iniciaron su declive. Estados
Unidos reaccionó frente a ese cambio de la situación geopolítica con un intento
de frenar el declive tanto como fuera posible. Con ello entramos en una nueva
fase de la política mundial estadounidense, la dirigida por los presidentes
desde Nixon a Clinton (incluido Reagan). El núcleo de esa política estaba
constituido por tres objetivos: 1) mantener la adhesión de Europa occidental y
Japón esgrimiendo la continua amenaza de la Unión Soviética y ofreciéndoles
cierta participación en la toma de decisiones (la llamada
"colaboración" en la Comisión Trilateral y el G-7); 2) mantener al
Tercer Mundo militarmente inerme tratando de contener la
"proliferación" de armas de destrucción masiva; 3) tratar de mantener
en segundo plano a la Unión Soviética/Rusia y China enfrentándolas entre sí.
Esa política tuvo
cierto éxito hasta el colapso de la Unión Soviética, que desbarató el primer
objetivo clave. Fue la situación creada después de 1989 la que permitió a
Saddam Hussein atreverse a invadir Kuwait y le permitió llegar a una tregua con
Estados Unidos. También fue la situación geopolítica posterior a 1989 la que
propició el colapso de tantos Estados del Tercer Mundo y obligó a Estados
Unidos y Europa occidental a implicarse en intentos básicamente inviables de
impedir o poner fin a feroces guerras civiles.
En este análisis hay
que introducir otro elemento, que es la crisis estructural del sistema
capitalista mundial. Aquí no tengo espacio para argumentarlo, lo que sí hago
con detalle en mi libro Utopística o las opciones históricas del siglo XXI,
pero resumiré al menos la conclusión: Dado que el sistema que hemos conocido
durante 500 años ya no es capaz de garantizar las perspectivas a largo plazo de
la acumulación de capital, hemos entrado en un período de caos mundial
–oscilaciones violentas (y en gran medida incontrolables) de la situación
económica, política y militar– que están conduciendo a una bifurcación
sistémica, esto es, esencialmente, a una opción colectiva mundial sobre el tipo
de nuevo sistema que construirá la humanidad durante los próximos cincuenta
años. Ese nuevo sistema no será capitalista, pero podría ser de uno de estos
dos tipos: un sistema diferente tan jerárquico y desigual como el presente, o
más aún; u otro sustancialmente democrático e igualitario.
No se puede entender la
política de los halcones estadounidenses si no se entiende que no están
tratando de salvar al capitalismo sino de reemplazarlo por otro sistema aún
peor. Los halcones estadounidenses creen que la política mundial estadounidense
desde Nixon a Clinton es hoy día inviable y sólo puede conducir a la
catástrofe. Probablemente llevan razón en que es inviable. Lo que desean poner
en su lugar a corto plazo es una política de intervencionismo premeditado del
ejército estadounidense, ya que están convencidos que sólo la agresividad más
prepotente [en el original, macho] servirá a sus intereses (no digo que
sirva a los intereses de Estados Unidos, porque no creo que sea así).
El exitoso ataque de
Osama bien Laden a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 llevó a los
halcones estadounidense a una posición en la que por primera vez controlaban la
política a corto plazo del gobierno. Inmediatamente plantearon la necesidad de
una guerra contra Iraq, como primera etapa de su programa a medio plazo. Hemos
llegado a ese punto; ha empezado la guerra. Por eso es por lo que hablo del fin
del principio.
¿Adónde vamos desde
aquí? Eso depende en parte de cómo se desarrolle la guerra de Iraq. Al cabo de
una semana de guerra, está claro que va peor de lo que los halcones habían
esperado y anticipado. Parece que nos hemos metido en una guerra larga y
sangrienta. Es probable (pero no del todo seguro) que Estados Unidos acabe
derrotando a Saddam Hussein, pero sus problemas sólo aumentarán. Ya detallé mi
opinión sobre esos problemas en mi último comentario titulado "Bush
apuesta cuanto tiene" (15 de marzo de 2003).
Pero que la guerra vaya
mal para los halcones estadounidenses sólo los desesperará aún más. Es probable
de que pisen el acelerador, lo que parece tener dos prioridades a corto plazo:
el combate contra potencias nucleares del Tercer Mundo, reales o imaginadas
(Corea del Norte, Irán y otras); y el establecimiento de un aparato policial
tiránico en Estados Unidos. Para asegurar esos dos objetivos necesitarán ganar
una o más elecciones. Su programa económico puede llevar a la quiebra a Estados
Unidos. ¿Es eso totalmente involuntario? ¿O quieren debilitar algunas capas
capitalistas claves de Estados Unidos, de las que piensan que pueden
obstaculizar la ejecución completa de su programa?
Lo que está claro en este
momento es que la lucha política mundial se está agudizando. Quienes pretendían
reproducir la política mundial de Estados Unidos durante el período 1970-2001
–los republicanos moderados y los demócratas en Estados Unidos, pero también
los oponentes eurooccidentales de los halcones (por ejemplo, franceses y
alemanes), pueden verse obligados a tomar decisiones políticas más dolorosas
que hasta ahora. En general, a ese grupo le ha faltado claridad a medio plazo
en sus análisis de la situación mundial, y han confiado contra toda esperanza
en que de algún modo los halcones estadounidenses se desmoronarían. No será
así, pero se les puede derrotar.
Immanuel Wallerstein
(1 de abril de 2003).
© Immanuel Wallerstein
Copyright de Immanuel Wallerstein.
Todos los derechos de reproducción reservados. Los Comentarios pueden bajarse
al disco duro, remitirse a otros vía correo electrónico o colgarse en sitios no
comerciales de Internet, siempre que el texto permanezca íntegro y se
reproduzca la nota del copyright. Para traducir un texto, publicarlo en forma
impresa o en cualquier otra, incluidos sitios comerciales de Internet o
extractos, contáctese por favor con el autor en: iwaller@binghamton.edu; fax: 1-607-777-4315.
Translated
for RED VASCA ROJA by Juan Mª de Madariaga.
_____
Email this Commentary to a colleague
______________________________________________
Go to List of Commentaries