Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Comentario Nº 115, 15 de junio de 2003
El
presidente Bush lanzó este mes en Aqaba la "hoja de ruta" para la paz
en Israel/Palestina, y al cabo de unos días la hoja de ruta parecía hecha
jirones. Hay un viejo proverbio chino que dice: "Si no sabes adónde vas,
todos los caminos llevan allí". Oficialmente, y quizá también
oficiosamente, la administración Bush no tiene ni la menor idea de hacia dónde
va. La línea oficial de Estados Unidos es que trata de facilitar las
negociaciones, que aceptará cualquier cosa que sea aceptable para ambos bandos,
y asegura que está simplemente tratando de alentar los pasos necesarios que
conduzcan a ambos bandos a unas negociaciones finales y definitivas .
El
presidente Bush ha venido diciendo durante dos años que no quería comprometerse
personalmente en tales negociaciones, algo que el presidente Clinton había
hecho a fondo (al igual que el presidente Carter). Pero ahora lo ha hecho. ¿Por
qué? Quizá solamente porque había prometido a mucha gente que, una vez que se
conquistara Iraq, haría algo significativo. Se lo había prometido a Blair. Se
lo había prometido a los denominados "líderes árabes moderados". Y
probablemente se lo había prometido también a Powell.
Para
convocar la primera reunión contaba con dos cosas. Los funcionarios de la
Autoridad Palestina están desesperados por conseguir algo, casi cualquier cosa.
De lo contrario no serán más que historia. Sharon desea mantener a Estados
Unidos 99% de su parte, y por eso tenía que hacer algún gesto. De forma que se
encontraron, cada uno de ellos dio pasos absolutamente mínimos hacia el otro,
volvieron a casa, y al cabo de unos días había más violencia que nunca.
Seamos
serios. ¿Dónde está cada uno 55 años después de la creación del Estado de
Israel? Los palestinos se sienten abandonados por el mundo, e incapaces de
arrancar concesiones significativas al gobierno de Israel. Temen simplemente
que un Estado palestino soberano no esté en el horizonte de la próxima década. Quienes
se pronuncian por una lucha sin cuartel y la eliminación del Estado de Israel
–por ejemplo, Hamas– se están convirtiendo en los únicos protagonistas importantes
en escena. Sin duda una mayoría de palestinos preferiría el fin de la
violencia, pero la mayoría de ellos no creen que puedan conseguir nada
políticamente si se pone fin a la violencia.
Esa
sombría evaluación es compartida por el bando israelí. Las encuestas muestran
que acaso el 60% de los judíos israelíes renunciarían a los asentamientos y
regresarían a las fronteras de 1967 a cambio de una paz duradera. Pero las
mismas encuestas muestran que de ese 60% la mitad o quizá más no creen que tal
oferta conduzca a la paz que quieren. Y por consiguiente, en la práctica, no
están dispuestos, o ya no están dispuestos, a hacer la oferta.
Está
muy claro que siempre que Sharon o Abbas muestran la menor inclinación a
adoptar una posición de compromiso (en gran medida para complacer a Bush), se
encuentran con una oposición muy enérgica y muy apasionada de su propia
comunidad, lo bastante fuerte como para hacer descarrilar incluso compromisos
insignificantes. En realidad, lo mismo sucede con Bush. Cuando retrocedió del
99% de apoyo a las posiciones israelíes al 98%, se encontró con una ardiente
reprobación en Estados Unidos.
Tenemos
pues una situación en la que prevalecen no sólo las fuerzas más intransigentes
del bando israelí y las fuerzas más intransigentes del bando palestino, sino
también las fuerzas pro-israelíes más intransigentes en Estados Unidos. Lejos
de mejorar la situación, la conquista estadounidense de Iraq la ha empeorado,
como resultaba fácil predecir.
Así
pues, nos encontramos en un estancamiento político absoluto, y todos lo
admitirán muy pronto. ¿Qué sucederá entonces? Lo que sigue no serán buenas
noticias para nadie. Los israelíes utilizarán cada vez más violencia, y pueden
iniciar un proceso de expulsiones. Dado que cuentan con el poder en este momento,
prevalecerán, en el sentido de que seguirán ocupando toda el área, y la
controlarán más o menos bajo la ley marcial. Los palestinos seguirán
respondiendo como han venido respondiendo. A corto plazo, la intifada no
cambiará nada, ya que para que esa violencia cambiara algo tendría que haber
fuera de allí un mundo con cierta sensibilidad hacia el problema, y en realidad
no la hay.
Pero
entonces la contienda israelo-palestina dará lugar a una serie de desórdenes
panárabes o panmusulmanes, desde Marruecos hasta Indonesia, y sobre todo y más
inmediatamente en Iraq, Líbano y Egipto, y cuando eso suceda la supervivencia
del estado de Israel de Israel estará en peligro, y en un grave peligro, por
primera vez desde 1948. Los árabes dirán que los judíos han sido expulsados del
área ya dos veces, y que ellos lo harán por tercera vez.
¿Puede
alguien hacer algo en este momento que cambie realmente ese escenario? Estados
Unidos cuenta probablemente con el poder para hacer algo. Pero eso exigiría un
giro de 180° de la política estadounidense, y especialmente de la versión Bush
de esa política, lo que es prácticamente impensable, dado que una modificación
en esa esfera particular conllevaría una modificación en muchas otras áreas, lo
que representaría un terremoto en la realidad geopolítica.
No
siempre ha sido tan pesimista. A finales de la década de 1980 pensaba que un
acuerdo de dos Estados no sólo era posible sino que se alcanzaría. Recuerdo que
predije, muy equivocadamente, que eso ocurriría mucho antes de se pusiera fin
al régimen del apartheid en Sudáfrica. El mundo ha desperdiciado las
posibilidades de arreglo que pudo haber en Israel/Palestina y la mayoría de los
participantes y observadores gastan sus energías estos días buscando
responsables. Tras la debacle sangrienta, ¿importa en realidad? ¿Hay alguien
atendiendo, o pensando en ello? ¿Están unos y otros tan seguros de que pueden
vencer sin cambios fundamentales en sus posiciones? Así parece.
Immanuel
Wallerstein (15
de junio de 2003).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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Translated
for RED VASCA ROJA by Juan Mª de Madariaga.
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