Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Comentario Nº 120, 1 de septiembre de 2003
“Brasil y el sistema-mundo: La era de Lula”
Brasil ocupa una
posición importante en el sistema-mundo. Su gran tamaño y población, su papel
como líder en América Latina y su fuerza como Estado semiperiférico hacen que
cuanto ocurra en Brasil sea muy relevante en términos geopolíticos y de la
estructura de la economía-mundo. En 2002, por primera vez en la historia de
Brasil, ganó las elecciones el candidato de un partido de izquierdas, Luiz
Inácio da Silva ("Lula"), del Partido dos Trabalhadores (PT), lo que
parecía indicar un resurgimiento de las fuerzas de izquierdas en América Latina
y en el Sur en general. Pero tan sólo diez meses después, los comentarios de
los expertos, tanto brasileños como extranjeros, son muy contradictorios. Se
vuelve a plantear de nuevo si en un país del Sur se puede mantener un gobierno
de izquierdas elegido en las urnas que desarrolle una política opuesta a las fuerzas
del neoliberalismo, o si las presiones en contra por parte de Estados Unidos,
el FMI y las principales fuerzas capitalistas son demasiado fuertes.
Para empezar,
consideremos la correlación de fuerzas en el momento de la elección de Lula. Lula
obtuvo una mayoría electoral mediante una alianza con otros partidos (sobre
todo de centro). Su partido es minoritario en el parlamento brasileño. Brasil
ostenta casi el récord mundial en términos de desigualdades internas. Gran
parte de la población rural carece de tierra. El país estaba comprometido por
acuerdos establecidos por el régimen anterior con el FMI. Su deuda exterior era
grande y sus reservas monetarias relativamente pequeñas. Durante el semestre
anterior a la elección de Lula, éste se vio claramente amenazado con una
retirada masiva de inversiones y aportaciones financieras si no conseguía
tranquilizar al capital mundial asegurándole que no emprendería medidas que
consideraran hostiles. Por otra parte, lo que le llevó a la presidencia fue el
entusiasmo popular, tanto hacia él personalmente como por el programa
antiliberal que él y su partido representaban. Para Lula y para los brasileños,
especialmente los más pobres, la esperanza había vencido al miedo (véase el Comentario
núm. 100, del 1
de noviembre de 2002).
Hay tres áreas que
dominan las preocupaciones políticas de los brasileños: política económica,
reforma agraria y política exterior. El gobierno de Lula decidió claramente
iniciar el trabajo en el área de la política económica. Lula ofreció ciertas
garantías al capital internacional, incluso antes de su de asumir la
presidencia. Insistió en que Brasil seguiría luchando contra la inflación. Nombró
a Henrique Mireilles, quien había dirigido el Banco de Boston, como director
del Banco Central, pese a que Mireilles había apoyado al contrincante de Lula
en las elecciones. El resto del equipo económico de Lula lo forman también
personas decididas a no enfrentarse con el capital internacional. En su
defensa, el gobierno dice que está tratando de renegociar su acuerdo con el FMI
a fin de reducir las limitaciones a las inversiones infraestructurales y
sociales, e incluso se muestra dispuesto a prescindir de un acuerdo.
De los primeros diez
meses de gobierno sobresalen dos importantes decisiones económicas. El gobierno
brasileño ha mantenido un elevadísimo tipo de interés para sus bonos del Tesoro
(aunque lo ha reducido del 26% al 22%), y ha aprobado una reforma de la
seguridad social que reduce considerablemente las pensiones estatales. Ambas
decisiones son conservadoras desde el punto de vista financiero, y ambas han
sido severamente criticadas por algunos intelectuales de izquierda, pero
también por ciertos sectores empresariales que juzgan que los altos tipos de
interés les impiden expandir su papel económico (frente al de los bancos
extranjeros y de las grandes empresas brasileñas vinculadas a ellos). Esos
intelectuales de izquierda han preconizado por el contrario un "shock
productivo" mediante la rebaja radical de los tipos de interés. Uno de
ellos, Emir Sader, habla de una "oportunidad perdida", cuyos efectos
negativos se dejarán sentir en el próximo futuro.
En el área de la
reforma agraria, el gobierno ha sido mucho más prudente que en la política
económica. Hasta ahora ha hecho muy poco; pero Lula pretende mantener el apoyo
del Movimento dos Sem-Terra (MST), que fue históricamente un importante pilar
del PT y que sigue contando con el apoyo de un sector importante de la Iglesia
católica, así como de la Coordenação dos Movimentos Sociais (que agrupa a gran
número de sindicatos y organizaciones estudiantiles y de la Iglesia). El MST
practica las ocupaciones de tierras sin cultivar (que representan una parte
significativa de la superficie brasileña). La posición oficial del gobierno es
que él mismo debería comprar esas tierras a sus propietarios y entregarlas a
los campesinos sin tierra. El problema es que no cuenta realmente con el dinero
necesario, y su política económica no le proporcionará tampoco a corto plazo
reservas para hacerlo. El MST no quiere esperar, y sigue ocupando tierras. Encuentra
resistencia, con frecuencia armada, de los grandes propietarios, que lo
consideran un peligroso movimiento que debería ser aplastado, o al menos
reprimido. Esos terratenientes no están siquiera dispuestos a vender sus
tierras, y mucho menos a renunciar a ellas sin compensación.
El MST pidió
recientemente una audiencia a Lula, quien se la concedió el 24 de junio, para
gran consternación pública de los terratenientes. En su conversación con los
líderes del MST, Lula les pidió "paciencia" y reafirmó su
"compromiso histórico y moral" con la reforma agraria. Uno de los
líderes del MST, João Paulo Rodrigues Chaves, dijo que todavía confiaba en
Lula, pero advirtió que tenía que emprender cambios reales antes de finales de
2003. Veremos si es capaz de hacerlo.
Finalmente, en el área
de las relaciones exteriores, que incluso sus críticos de izquierda consideran
que es donde mejor lo ha hecho, Lula se ha movido en diferentes sentidos para
mostrar sus colores. Ha tratado de vincularse fuertemente a otros líderes de
Sudamérica –no sólo Venezuela y Argentina, sino también Perú, que visitó este
mes–, defendiendo la idea de que Mercosur (en portugués Mercosul) debe
reforzarse, ampliarse y convertirse en una fuerza importante en la escena
geopolítica mundial. Mercosur es hoy día el embrión de una unión económica, con
sólo cuatro miembros de pleno derecho que han reducido las tarifas aduaneras
entre ellos. Sus características son poco más o menos las de las formas
tempranas de la Unión Europea hace 30-40 años.
Evidentemente, la
cuestión principal es cómo se relaciona Mercosur con el Acuerdo de Libre
Comercio de las Américas (ALCA en español y portugués), promovido por Estados
Unidos. Estados Unidos considera básicamente a Mercosur como un estorbo cuando
no un enemigo. Estados Unidos desea un acuerdo de libre comercio que abra los
países latinoamericanos a sus instituciones financieras y garantice la
propiedad intelectual. Los latinoamericanos están interesados en el acceso de
sus productos al mercado estadounidense. Cada bando espera básicamente vetar o
demorar las demandas principales del otro insistiendo en que los aspectos que
menos le gustan sean tratados en el marco de la Organización Mundial del
Comercio (y no bilateralmente), donde cada uno de ellos cree que puede
encontrar apoyo.
En definitiva, los
enfrentamientos entre Estados Unidos y Brasil a propósito del ALCA son la
principal manzana de discordia. Si Lula se atiene vigorosamente a su posición,
se encontrará con que ha conseguido una gran diferencia en la geopolítica
mundial y que por tanto el gobierno de Bush puede no darle cuartel. Pero si no
lo hace puede tener muy poco que ofrecer al término de su mandato.
Brasil se encuentra ya
inmerso en maniobras electorales. Hay elecciones legislativas en 2004 y
presidenciales en 2006. El PT ha confeccionado ya la lista los partidos con los
que desea establecer alianzas y de aquéllos a los que desea oponerse a
cualquier precio. Lula dice que no sabe si volverá a presentarse, pero nadie le
cree. Y las encuestas en este momento le son favorables. Es una figura
carismática, y no existe ningún contrincante de su talla.
¿Qué tipo de gobierno
es el suyo? Quienes le apoyan dicen que es un gobierno de centro-izquierda (necesariamente,
debido a las alianzas). Él mismo dijo este mes de agosto que no es y nunca ha
sido un izquierdista, aunque sus declaraciones públicas en el pasado parecen
desmentirlo, ya que decía que formaba parte de la izquierda latinoamericana con
una perspectiva socialista. Algunos intelectuales de izquierda en Brasil dicen
ahora que su gobierno es de derechas, aunque también dicen que no hay ningún
partido a la izquierda que le pueda hacer sombra.
En la vecina Argentina,
el presidente Kirchner ha emprendido la política que muchos esperaban o
deseaban que desarrollara Lula, algo que no se esperaba de él. Pero Kirchner y
Lula están sometidos a distintas "constricciones" sociales y
culturales, como nos ha recordado recientemente el periodista uruguayo Raúl Zibechi.
La clase media argentina ha perdido recientemente gran parte de sus ahorros y
su nivel de vida, mientras que la clase media brasileña sigue todavía mejorando
sus expectativas. ¿Puede Lula avanzar más en la dirección que representaba
históricamente el PT en Brasil? Eso depende en parte en su eventual éxito con
Mercosur. También depende, y son pocos los que reconocen esto, de cuántas
dificultades tenga que afrontar George W. Bush. En la medida en que Estados
Unidos se encuentre en dificultades políticas y económicas, el margen de
maniobra de un gobierno como el de Lula será considerablemente mayor. El
panorama quedará mucho más claro en 2003.
Immanuel Wallerstein (1 de
septiembre de 2003).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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VASCA ROJA by Juan Mª de Madariaga.
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