Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Comentario Nº 122, 1 de octubre de 2003
“Cancún: El colapso de la ofensiva neoliberal”
Cancún es mucho más que
una batalla geopolítica pasajera. Representa el sepelio de la ofensiva
neoliberal iniciada en la década de 1970. Para entender la importancia de este
acontecimiento, conviene retroceder hasta sus orígenes.
La década de 1970
supuso un punto crítico en dos ritmos cíclicos de la economía-mundo
capitalista. Fue el comienzo de un largo estancamiento de la economía-mundo,
una fase B de Kondratief, de la que todavía no hemos salido. Y fue también el
momento en que comenzó a declinar la hegemonía de Estados Unidos en el
sistema-mundo. Los estancamientos en la economía-mundo derivan de una
disminución significativa de la tasa de beneficio, como consecuencia de la
acrecentada competencia en las principales industrias y la consiguiente
sobreproducción, y conducen a dos tipos de batallas geoeconómicas: una lucha
entre los principales centros de acumulación de capital (Estados Unidos, Europa
occidental y Japón/Asia oriental), en la que cada uno de ellos trata de
descargar las consecuencias desagradables de la menor tasa de beneficio sobre
los demás. En esa lucha que llamo "exportación del desempleo", y que
dura ya treinta años, a cada uno de esos tres centros le ha ido mejor en
períodos sucesivos (a Europa en la década de 1970, a Japón en la de 1980, y a
Estados Unidos en la segunda mitad de la de 1990).
La segunda batalla
geoeconómica, en cambio, es la que se da entre el centro y la periferia, el
Norte y el Sur, en la que el Norte trata de arrebatar al Sur cualquier pequeña
ganancia que hubiera obtenido durante el anterior periodo de expansión, o fase
A de Kondratief (c. 1945-1970). Como todos sabemos, a América Latina, África,
Europa oriental y el sur de Asia les ha ido bastante mal en general a partir de
1970. La única zona región del Sur que mejoró relativamente es la del Este y
Sureste de Asia, al menos hasta la crisis financiera de finales de la década de
1990. Pero siempre hay un área de la periferia la que le va bien en un
declive, ya que debe haber alguna región hacia la que se desplacen las industrias
en dificultades.
En este difícil período
en el que los capitalistas se enfrentaban entre sí para mantener sus ingresos,
en parte mediante la reubicación de la producción, pero sobre todo mediante la
especulación financiera, iniciaron lo que sólo se puede llamar una
contraofensiva contra las mejoras obtenidas por el Sur y las clases
trabajadoras del Norte durante la fase A anterior. Eso es lo que se ha llamado
"neoliberalismo". La manifestación política de esa contraofensiva
consistía ante todo en la transformación del partido conservador británico y el
partido republicano estadounidense, pasando de un keynesianismo moderado a
convertirse en feroces creyentes en las panaceas de Milton Friedman. Los años
de Mrs. Thatcher's como primera ministra británica y de Ronald Reagan como
presidente de Estados Unidos representaron un notable giro a la derecha tanto
en la política nacional como en la internacional, pero sobre todo supusieron
una transformación de sus propias estructuras partidarias, como palanca para
desplazar hacia la derecha el punto de equilibrio de la política doméstica. La
nueva política conservadora constituía una regresión en las tres fuentes de
mayores costes para los empresarios: salarios, internalización de costes para
reducir los daños ecológicos e impuestos estatales para financiar el Estado del
bienestar.
Se pretendió coordinar
esa política en todos los países del Norte creando una serie de nuevas
instituciones, en particular la Comisión Trilateral, el G-7 y el Foro Económico
Mundial de Davos. La política económica propuesta se ha venido conociendo con
el nombre de Consenso de Washington. En primer lugar, conviene señalar que el
Consenso de Washington sustituyó lo que se llamaba desarrollismo, que había
sido la política económica dominante a escala mundial durante el periodo
anterior (a finales de la década de 1960 las Naciones Unidas llegaron a
proclamar que la de 1970 sería la "Década del Desarrollo"). La
premisa básica del desarrollismo era que todos los países se podían
"desarrollar", con tal que su Estado pusiera en práctica la política
adecuada, y al final habría un mundo de países más o menos iguales e igualmente
ricos. Evidentemente, el desarrollismo no funcionó (no podía funcionar), triste
realidad que quedó clara para todos en la década de 1970.
En su lugar, el
Consenso de Washington proclamaba que el mundo había entrado en la era de la
"globalización", lo que significaba el triunfo del libre mercado, la
reducción radical del papel económico del Estado, y sobre todo la eliminación
de todas las barreras estatales a los movimientos transfronterizos de bienes y
capitales. El Consenso de Washington asignaba como tarea primordial a los
gobiernos, especialmente en el Sur, acabar con las ilusiones del desarrollismo
y promover la apertura irrestricta de sus fronteras. Mrs. Thatcher proclamó que
no había otra opción. Su divisa, TINA (There Is No Alternative, no hay
alternativa), significaba que cualquier gobierno que no se sometiera sería
castigado, en primer lugar por el mercado mundial y luego por todas las
instituciones interestatales.
No se ha prestado la
atención suficiente al hecho de que hasta principios de la década de 1970 no
comenzaron las instituciones interestatales a desempeñar un papel significativo
en esas luchas geoeconómicas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco
Mundial se convirtieron en patrocinadores muy activos del Consenso de
Washington. Pudieron desempeñar ese papel porque a los Estados del Sur, heridos
gravemente por el estancamiento de la economía-mundo, les escaseaban los fondos
y tenían que recurrir constantemente a prestamistas exteriores para compensar
su balanza de pagos negativa. El FMI, en particular, impuso condiciones
drásticas a esos préstamos, exigiendo en general una reducción considerable los
servicios sociales y que se diera prioridad al pago de la deuda externa por
encima de cualquier otra cosa.
En la década de 1980 se
decidió dar otro paso adelante. La idea de la Organización Mundial del Comercio
(OMC) se remonta a la década de 1940, pero había quedado paralizada por las
notables diferencias entre los principales centros de acumulación de capital. Lo
que permitió su puesta en marcha en la década de 1980 fue el acuerdo entre los
países del Norte en que podía ser un instrumento muy útil para imponer el
Consenso de Washington. En teoría, la OMC defiende la apertura de fronteras, la
maximización del libre mercado mundial. El problema, importante, es que el
Norte nunca pretendió realmente tal cosa. Quería que los países del Sur
abrieran sus fronteras, pero no abrir las propias.
Después de que Estados
Unidos consiguiera crear la Asociación de Libre Comercio de América del Norte
(ALCAN) y Europa hubiera avanzado en su unión económica, los países del Norte
decidieron que había llegado el momento de poner en práctica su programa en la
OMC. El momento elegido fue la reunión de Seattle en 1999, pero el Norte habría
esperado demasiado. Los estragos provocados por el Consenso de Washington
–creciente desempleo, degradación ecológica, destrucción de la autonomía
alimentaria– provocaron un movimiento de protesta inesperadamente fuerte que
consiguió reunir a muchos tipos diferentes de grupos, desde los anarquistas a
los sindicalistas pasando por los ecologistas. Y sus protestas combinadas
consiguieron que no saliera nada de aquella asamblea. Además, en Seattle
Estados Unidos y Europa occidental se enfrentaron debido a sus respectivas
políticas proteccionistas. De forma que la Asamblea de la OMC acabó sin llegar a ninguna conclusión.
En ese momento tuvieron
lugar dos acontecimientos importantes. El primero fue la creación del Foro
Social Mundial (FSM), cuyas tres primeras reuniones se han celebrado en Porto
Alegre y que se ha constituido como "movimiento de movimientos"
contra el neoliberalismo, el Consenso de Washington y el Foro de Davos, y que
hasta este momento ha obtenido notables éxitos. El segundo acontecimiento fue
el 11 de Septiembre, que condujo a la proclamación de la doctrina Bush de la
acción unilateral preventiva contra cualquiera que el gobierno estadounidense
considere "terrorista".
En un primer momento,
el efecto del 11-S fue un gran apoyo mundial para la lucha contra el
"terrorismo", y poco después de aquello se reunió la OMC en Doha. En
aquel encuentro el Norte impuso a un Sur momentáneamente intimidado la
aceptación de un acuerdo para discutir nuevos tratados que abrirían aún más las
fronteras económicas del mundo. Esos tratados se iban a ratificar este año
(2003) en Cancún.
Una vez más, Cancún
llegó demasiado tarde. Entre Doha y Cancún se produjo la invasión de Iraq y sus
secuelas, que crearon una fuerte animosidad contra Estados Unidos y mostraron
las serias limitaciones de la potencia militar estadounidense. Entretanto el
movimiento pacifista mundial ha robustecido considerablemente a las fuerzas de
Porto Alegre, que a su vez pudieron ejercer una presión considerable sobre los
países del Sur para que mantuvieran su oposición a la guerra.
En Cancún, las fuerzas
más o menos unidas del Norte plantearon su programa de abrir las fronteras del
Sur a sus bienes y capitales, al tiempo que protegían la propiedad intelectual
del Norte (las patentes) frente a la suavización o la contravención. El Sur
contraatacó. Brasil tomó la iniciativa creando un grupo de 21 (que incluía a la
India, China y Sudáfrica) que planteaba esencialmente como contrapartida una
apertura de las fronteras del Norte a la agricultura y las industrias del Sur. En
esa batalla, el grupo de los 21, que eran potencias medianas, obtuvo el apoyo
de los países más pobres, en particular los africanos. Dado que el Norte no
estaba dispuesto, por razones políticas internas, a hacer ninguna concesión
seria al Sur, éste tampoco cedió, y se llegó a un punto muerto.
Todo el mundo ha visto
esto como una victoria política de los Estados del Sur. Debe quedar claro que
esa victoria fue posible por la conjunción de la debilidad geopolítica de
Estados Unidos y el vigor de las fuerzas de Porto Alegre. La OMC está ahora, de
hecho, muerta. Sobrevive en el papel, como muchas otras instituciones
interestatales, pero dejará de tener la importancia que tenía.
Estados Unidos confía
en enmendar la situación mediante acciones unilaterales. Pronto verá que no es
fácil conseguir que países significativos del Sur firmen tratados de libre
comercio unilaterales. El Sur comenzará ahora a desafiar al FMI y al Banco
Mundial. De hecho, esa ofensiva ya ha comenzado, y la enérgica resistencia del
presidente argentino Kirchner ha demostrado que esa actitud desafiante puede
ser rentable. No pasará mucho tiempo antes de que el término
"neoliberalismo" represente las locuras casi olvidadas del pasado.
Immanuel Wallerstein (1 de
octubre de 2003).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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Translated for RED
VASCA ROJA by Juan Mª de Madariaga.
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