Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Commentario 137, May 15, 2004
Estados Unidos y
Europa de 1945 a la fecha
Desde
1945, uno de los objetivos primarios de la política exterior estadunidense fue
mantener a Europa como pieza subordinada y altamente integrada de sus recursos
geopolíticos estratégicos. Esto fue fácil de lograr en la resaca de la Segunda
Guerra Mundial, cuando, por efectos de la conflagración, el viejo continente se
hallaba económicamente exhausto, y cuando la mayoría de sus poblaciones -y más
sus elites políticas y económicas- tenían temor de las fuerzas comunistas,
debido a la potencia militar de los soviéticos y a la fuerza popular de los
partidos comunistas en Europa occidental.
El
programa estadunidense tomó forma en el Plan Marshall, de asistencia económica
para la recuperación europea, y en la creación de la Organización del Tratado
del Atlántico Norte (OTAN).
En este
contexto se emprenderon las maniobras para crear las instituciones europeas. Al
principio estos esfuerzos se limitaron a seis países -Francia, Alemania
occidental, Italia y los tres países del Benelux (o Países Bajos: Bélgica,
Holanda y Luxemburgo). También se tomaron las primeras medidas para crear las
estructuras militares europeas, pero no dieron resultado. Moverse en esta
dirección obtuvo fuerte respaldo de los partidos democratacristianos europeos,
pero también de los partidos socialdemócratas. Los partidos comunistas en estos
países se opusieron rotundamente, pues vieron estas estructuras como parte de
la guerra fría.
Desde el
punto de vista de Estados Unidos, las estructuras europeas parecían positivas
porque fortalecerían las economías europeas (haciéndolas mejores clientes en el
esquema de inversión y exportación estadunidense), y porque parecía la forma de
conjurar los temores de Francia de un posible resurgimiento militar de
Alemania, en su integración a la OTAN.
Para
1960, desde el punto de vista estadunidense comenzaron a cambiar dos elementos
de esta ecuación. Primero, Europa occidental se fortalecía. Emergía como par
económico de Estados Unidos y como tal se convertía en serio competidor
potencial en la economía-mundo. Segundo, Charles de Gaulle asumía el poder en
Francia, una vez más. Y De Gaulle deseaba estructuras europeas que fueran
autónomas políticamente, es decir, que no fueran segmentos subordinados de los
recursos geopolíticos estratégicos de Estados Unidos. En ese momento, el
entusiasmo estadunidense por la unidad europea comenzó a enfriarse. Pero
Estados Unidos se vio imposibilitado, en lo político, de expresarlo
abiertamente. Los partidos comunistas de Europa occidental se debilitaban en el
ámbito electoral, y sus políticas comenzaron a virar hacia lo que entonces se
llamó eurocomunismo. A consecuencia de este viraje, cambió también la posición
de estos partidos en torno a las estructuras europeas, y comenzaron
cautelosamente a respaldarlas, o por lo menos tolerarlas.
Este
periodo coincidió con el momento en que Estados Unidos perdía la guerra en
Vietnam, lo que afectó seriamente su posición geopolítica. Este revés político
militar y el surgimiento de Europa occidental y Japón como importantes
competidores en lo económico significaron, combinados, el fin de la indisputada
hegemonía estadunidense en el sistema-mundo y el inicio de un lento declive.
Estados Unidos se vio obligado entonces a emprender ajustes en su política
exterior, lo que menguó la simple y directa dominación que detentaba en el
periodo previo. El ajuste comenzó con Nixon: se relajaron las relaciones con la
Unión Soviética y, lo que es más importante, Nixon viajó a Pekín, transformando
las relaciones Estados Unidos-China.
Nixon
inició la política que yo llamo "multilateralismo suave", política
que habrían de impulsar todos los presidentes subsecuentes hasta Clinton,
incluidos Reagan y George W. Bush.
Pensando
en Europa, la consideración principal era cómo retardar su tendencia hacia una
autonomía política. Estados Unidos ofreció a Europa una "sociedad"
geopolítica (es decir, algún grado de consulta) en dos frentes: la continuada guerra fría con la Unión Soviética, y
las luchas político económicas del Norte contra el Sur. Se suponía que esto
habría de instrumentarse mediante multitud de instituciones, entre otras la
Comisión Trilateral, las reuniones del Grupo de los Siete y el Foro Económico
Mundial de Davos. El programa relativo a la guerra fría dio por resultado los
acuerdos de Helsinki. El programa Norte-Sur tuvo por resultado un impulso
contra la proliferación nuclear, el Consenso de Washington (en favor del
neoliberalismo y en contra del desarrollismo) y la construcción de la
Organización Mundial de Comercio.
Se podría
afirmar que en los setenta y ochenta, este ajuste en la política exterior obtuvo
logros parciales. Pese a que aumentaba la autonomía política de Europa
-recuérdese la Ostpolitik alemana y el gasoducto que vinculaba la Unión
Soviética con Europa occidental-, en lo general Europa no derivó muy lejos en
su distanciamiento geopolítico de Estados Unidos. En particular, los intentos
de formar un ejército europeo fueron bloqueados con suma eficacia por la
continuada oposición estadunidense. En la práctica, aunque no con palabras,
Estados Unidos asumió una postura hostil hacia la unidad europea.
La
política estadunidense tuvo logros mayores en el frente Norte-Sur. Casi todos
los países del tercer mundo se alinearon a las políticas de ajuste estructural
del Fondo Monetario Internacional; aun los países socialistas de Europa central
y del este se movieron en esa dirección. La desilusión popular con los
movimientos de liberación nacional en el poder, y con los regímenes comunistas
del bloque socialista, enmudeció cualquier resto de militancia y creó un
sentido de pesimismo morboso entre la izquierda mundial. Y por supuesto, el
"triunfo" final fue el colapso de la Unión Soviética.
Pero este
triunfo no sirvió de nada a los intereses de la política exterior
estadunidense, por lo menos en Europa occidental. La razón es que deshizo el
principal argumento para aceptar una subordinación geopolítica hacia el
"liderazgo" estadunidense en todo el mundo. Saddam Hussein aprovechó
el momento para desafiar a Estados Unidos de un modo que no habría sido posible
en el periodo previo de guerra fría. La
guerra del Golfo terminó en una pronta tregua, la cual, conforme avanzó la
década, fue más y más inaceptable para Estados Unidos. No obstante, Clinton
mantuvo la política Nixon del "multilateralismo suave" en los
Balcanes, el Medio Oriente y Asia oriental, mientras los europeos occidentales
continuaban evitando romper abiertamente con Estados Unidos en cualquier
aspecto que fuera central. Pero para asegurar que Europa occidental se
mantuviera alineada, Estados Unidos pujó fuerte por incorporar a los ahora
estados no comunistas de Europa central y del este, a las instituciones
europeas (y a la OTAN), sintiendo que podrían estar ansiosos de mantener y
reforzar sus ligas con Estados Unidos. Se equilibraban así los emergentes
sentimientos autonomistas en Europa occidental.
Y luego
llegaron George W. Bush y los halcones.
Para ellos, la política exterior que había prevalecido de Nixon a Clinton era
increíblemente débil y contribuía nodalmente al declive continuado del poderío
estadunidense en el mundo. Les molestaba profundamente tener que depender de
las estructuras de Naciones Unidas y estaban muy ansiosos de restringir las
aspiraciones europeas de autonomía política. Desde su punto de vista, la forma
de lograr esto era haciendo valer el poderío estadunidense militarmente, de
manera unilateral, flagrante, por la fuerza. Su objetivo expreso, muy anunciado
de antemano durante los noventa, fue Irak, por tres razones: la guerra del
Golfo había sido "humillante" para Estados Unidos porque Saddam
Hussein sobrevivió; Irak podría ser un sitio excelente para asentar bases
permanentes en medio Oriente; Irak era un objetivo militar fácil, justo porque
no contaba con armas de destrucción masiva.
La teoría
de los halcones era que la conquista
de Irak demostraría la superioridad militar imbatible de Estados Unidos, y como
tal tendría tres efectos: intimidaría a los europeos occidentales (y en segundo
lugar a los asiáticos orientales) y pondría fin a toda aspiración de autonomía
política. También intimidaría a las posibles potencias nucleares y las
induciría a abandonar toda pretensión de allegarse tales armamentos. Metería
miedo a todos los estados de Medio Oriente, y los induciría a renunciar a
cualquier posible autoafirmación geopolítica, haciéndolos acceder a un arreglo
entre Israel y Palestina que fuera aceptable para Israel y Estados Unidos.
Esta
política fue un fiasco total. Irak, el supuesto blanco fácil, resultó no serlo
en absoluto. Hoy la ocupación estadunidense enfrenta una resistencia y un
creciente alzamiento que en su menor expresión puede culminar con un gobierno
iraquí que no sea del gusto de Estados Unidos, y en su máxima expresión puede
terminar con el retiro total de las fuerzas estadunidenses, como ocurrió en
Vietnam. El intento por partir Europa en dos campos -la llamada "vieja
Europa" y la "nueva Europa"- tuvo logros momentáneos. Con las
elecciones españolas, la ola cambió por completo, y Europa está a punto de
establecer, por primera vez desde 1945, su autonomía geopolítica. La
proliferación nuclear no afloja el paso. Está acelerándose. Los Estados del
Medio Oriente se alejan de Estados Unidos (con la excepción de Libia, a partir
de una política que no parece vaya a durar). El conflicto Israel-Palestina se
halla en una trabazón total, que persistirá hasta que estalle y no pueda haber
contención alguna.
Ha
fracasado la unilateralidad machista de los halcones,
y el respaldo a su política, en Estados Unidos, disminuye notablemente, aun
entre los republicanos conservadores. Sin embargo, ¿cuál es la alternativa?
¿Qué ofrecen los republicanos moderados, o los demócratas centristas dirigidos
por John F. Kerry? El "multilateralismo suave" de los años de Nixon a
Clinton. ¿Puede éste funcionar ahora? Lo dudo mucho. Lo más probable es que, en
los próximos 10 años, la sirena del armamentismo nuclear atraiga con su canto a
unos 12 estados, por lo menos, y que pasemos de ocho a 25 potencias nucleares
en el próximo cuarto de siglo. Este es un cincho real al poderío militar
estadunidense. No parece haber posibilidades de que la realidad de Medio
Oriente se mueva en alguna dirección favorable a Estados Unidos. Esto es
particularmente cierto en el caso de Israel-Palestina.
Y¿qué
ocurre con Europa? Europa es la gran interrogante de la geopolítica mundial del
momento. Aun los más "atlantistas" de los europeos se distancian del
gobierno estadunidense, o de un Estados Unidos "multilateralista".
Pero Europa comparte todavía un interés con Estados Unidos: la lucha Norte-Sur.
La
adopción de una Constitución europea, seria, está aún en duda, especialmente
cuando el voto negativo de cualquier país en algún referendo puede deshacer
cualquier acuerdo. La izquierda europea, en particular, no está curada de sus
dudas posteriores a 1945 en torno a la unidad europea, y como tal no está
preparada aún para lanzarse con los brazos abiertos a la construcción de
Europa. Esto es particularmente cierto en los países nórdicos y en Francia,
pero existen reticencias semejantes en casi todas partes.
Una
Europa fuerte y autónoma es el primer tabique -esencial- en la construcción de
un mundo multipolar. Una Europa autónoma que estuviera dispuesta a trabajar en
pos de la restructuración fundamental de la economía-mundo, en direcciones que
de hecho comenzaran a remontar la continuada polarización Norte-Sur,
constituiría un cambio mucho mayor en el escenario mundial. Ambos aspectos son
muy plausibles. No hay certeza absoluta.
Traducción: Ramón Vera Herrera
© Immanuel Wallerstein
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Estos Comentarios se
pulbican dos veces al mes y tienen la intencion de ofrecer una reflexion sobre
la coyunturamundial, con una perspectiva al largo plazo.
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