Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Commentario 138, June 1, 2004
Escándalo tras
escándalo
El 26 de
mayo rugió Al Gore: "Cómo se atreven a humillar a nuestra na-ción y a
nuestro pueblo, ante los ojos del mundo y ante la conciencia de nuestra propia
gente, los incompetentes y solícitos miembros del go-bierno de Bush y Cheney.
Cómo se atreven a someternos a tal deshonor y vergüenza. Cómo se atreven a
arrastrar el buen nombre de Estados Unidos por el fango de la prisión de
tortura de Saddam Hussein". La furia de Gore ante los crecientes
escándalos en Irak (y Afganistán) es moneda corriente en casi todo el mundo. Y
cobra fuerza aun en Estados Unidos.
Nadie, o
casi nadie, defiende las prácticas expuestas en las múltiples prisiones
militares estadunidenses. Pero hay tres diferentes puntos de vista de lo
ocurrido. Está la posición oficial del gobierno de Bush: los abusos fueron
perpetrados por manzanas podridas, todos los cuales son soldados de baja estofa
que violaron los valores estadunidenses y serán castigados por ello. Está la
visión de Al Gore y de una proporción creciente del sólido centro de la
política estadunidense: esto es obra del gobierno de Bush y sus miembros deben ser
castigados. Gore hizo un llamado a que renuncien de inmediato el secretario de
Defensa Rumsfeld, sus tres principales colegas (Wolfowitz, Feith y Cambone), la
asesora de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, y el director de la CIA,
George Tenet. Y se quedó corto, pues estuvo a punto de pedir el enjuiciamiento
del presidente Bush. Hay una tercera posición, minoritaria, que argumenta que
los abusos en las prisiones tienen un largo historial en la cultura política
estadunidense y que los escándalos militares son, simplemente, más de lo mismo.
Supongo que de esta postura se deriva que Estados Unidos, así emparejado, debe
ser castigado. Esta posición no tiene mucho arrastre en Estados Unidos, pero es
bien recibida en otras partes del mundo.
Si todo
lo demás fuera bien en Irak, prevalecería la postura de Bush, que implica
barrer los escándalos ("unas cuantas manzanas podridas"). En abril,
las fuerzas estadunidenses lanzaron dos importantes acciones militares en Irak:
una en Fallujah, bastión de las fuerzas leales a Saddam; otra en contra de
Moqtada Sadr, el religiosos chiíta que a diario denuncia a Estados Unidos.
Hasta
donde uno entiende, la potencia militar más fuerte del mundo perdió ambas
batallas. En Fallujah esta potencia se vio forzada a pactar una tregua, durante
la cual evacuó la ciudad y puso en el poder a algunos de los antiguos guardias
republicanos del régimen de Saddam, maquillándolos un po-co. En Najaf, la
batalla entre Sadr y el ejército estadunidense parece culminar, de nue-vo, en
una tregua, durante la cual Estados Unidos y el chiíta vaciarán la ciudad, pero
sin arrestar a Sadr y sin desbandar su milicia.
Entre
tanto, la supuesta transferencia del poder del 30 de junio a un gobierno iraquí
que sea "soberano" no parece ir muy bien o, al menos, no transcurre
muy ágilmente, y sólo falta un mes para que ocurra. Por una razón: no es
cualquier cosa debatir lo que significa "soberanía". Estados Unidos
parece asumir la postura de que se puede ser "soberano" en el papel,
pero limitando esa soberanía en la práctica. Washington no desea limitar de
ningún modo importante la posibilidad de que, después del 30 de junio, las
fuerzas de ocupación continúen con sus tareas -definidas por ellas mismas- en
la forma que mejor les parezca. Eso me recuerda el torpe e infame
pronunciamiento del general Janssens, quien dirigiera las fuerzas armadas del
Congo Belga, justo días antes de que el país se hiciera independiente (también
un 30 de junio, pero de 1960). El general Janssens reunió a las fuerzas
africanas y escribió en el tablero de los boletines: "Después de la
independencia = antes de la independencia". Esto no resultó muy bueno,
pues desencadenó un motín que culminó en una guerra civil de cinco años con
crisis nacional e internacional.
De
cualquier modo, muy pocos más comparten la definición estadunidense de
"soberanía". El 25 de mayo Tony Blair, el aliado más cercano de
Estados Unidos en Irak, dijo del periodo posterior al 30 de junio: "Si hay
que tomar la decisión política de entrar en un sitio como Fallujah, de algún
modo particular, ésta deberá tomarse con el consentimiento del gobierno iraquí,
y el control político final deberá recaer en el gobierno iraquí". Colin
Powell protestó de inmediato, y públicamente, diciendo que las fuerzas
estadunidenses (y de la coalición)
permanecerían bajo el mando de Estados Unidos. Al día siguiente Blair negó que
esto significara un distanciamiento, aunque es difícil entender cómo
reconciliar ambas posturas. En cuanto al resto del mundo, por el momento
Francia, Alemania, Rusia y China sostienen que hay que especificar más la
soberanía iraquí antes de votar una resolución de Naciones Unidas, que Estados
Unidos mucho desea y necesita. El consejo de gobierno iraquí en funciones
también demanda mucho más poder real después del 30 de junio. Uno de sus
miembros llegó al punto de decir que, después del 30 de junio, las fuerzas
estadunidenses debían marcharse en el lapso de meses, no de años.
Bush ha
estado haciendo un llamamiento al pueblo estadunidense: "mantengan el
rumbo". Zinni, general de la armada y antiguo comandante de las tropas
estadunidenses en Medio Oriente, replicó incrédulo: "Este rumbo va directo
a las cataratas del Niágara". Así que el desencanto no lo muestran
únicamente los oponentes de siempre, sino aun los neoconservadores que desde el
principio apoyaron la invasión. Algunos de los propios correligionarios de Bush
llaman hoy a "virar hacia un rumbo intermedio". Pero qué puede
realmente hacer Bush.
Fareed
Zakaria es el comentarista político en jefe de la revista Newsweek. Apoyó la decisión estadunidense de entrar en Irak. En el
número del 17 de mayo, su artículo se intitula "El precio de la
arrogancia". En el texto denuncia al presidente Bush y al secretario
Rumsfeld de manera inmisericorde: "Las suposiciones y políticas de
Washington han sido equivocadas en prácticamente todos los asuntos relativos al
Irak posterior a la guerra, en cuanto al fortalecimiento de tropas, el respaldo
internacional, la credibilidad de los exiliados, el desmantelamiento del
partido Baaz, las maneras de manejar al ayatola Alí Sistani. Y, aunque la mayor
parte de estas políticas se revirtió, se tardaron mucho en hacerlo, por lo cual
no tuvo mucho efecto". Zakaria llama a esto "una extraña mezcla de
arrogancia e incompetencia" y dice que, sea cual fuere el resultado de las
elecciones, "el legado de George W. Bush es claro ahora: la creación de
una atmósfera envenenada de antiamericanismo
por todo el globo. Estoy seguro de que asume toda la responsabilidad".
The Economist, encarnación del conservadurismo económico
mundial, publicación que respaldó desde el principio la guerra, considera que
existe la posibilidad de virar hacia un rumbo intermedio, corrección que urge.
En su número del 8 al 14 de mayo su portada muestra una de las infames fotografías
de la prisión de Abu Ghraib con un encabezado que reza: "Renuncia,
Rumsfeld". En su editorial se puede leer: "El escándalo se expande
(...) es más, los abusos perpetrados contra estos prisioneros no son el único
error dañino cometido y forman parte de una cultura de conductas extralegales
planeadas desde el más alto nivel (...) el secretario de Defensa, Donald
Rumsfeld, debe renunciar. Y si no renuncia, el señor Bush debe
despedirlo". Así que The Economist
y Al Gore coinciden en la solución inmediata ante tanto escándalo.
The Economist parece sostener que esto podría salvar a
Bush. Pero, ¿será cierto? Si el presidente lo piensa, más vale que lo haga, ya
no por sentido de honor (idea muy anticuada para el renacido cristiano Bush),
sino por instinto político de supervivencia. No obstante, es muy probable que
una renuncia de Rumsfeld confirme al pueblo estadunidense que algo
terriblemente erróneo entrañan las políticas de este gobierno. El pueblo puede
inferir que, como dijera Harry Truman, el "desbarajuste" no llega
sólo a la puerta del secretario de Defensa, sino al escritorio del presidente
de Estados Unidos. Bush no es muy dado a admitir sus errores. Cuando hace poco,
en conferencia de prensa, se le preguntó si recordaba algunos de los errores
cometidos durante su cargo, balbuceó buscando una respuesta y sugirió al
reportero que preguntas tan difíciles se las debían formular con anticipación.
Así que
el mundo y Bush se hallan atorados en escándalos que no van a desvanecerse.
Algunos soldados de baja estofa deben ser castigados. El general Sánchez,
comandante de las fuerzas de ocupación, parece haber caído, aunque nadie admite
que éste sea el motivo. Rumsfeld se quedará, por lo menos, hasta las
elecciones. Y Bush tendrá que encarar a los votantes y al mundo; debe andar un
poco solitario estos días.
Traducción: Ramón Vera Herrera
© Immanuel Wallerstein
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Estos Comentarios se
pulbican dos veces al mes y tienen la intencion de ofrecer una reflexion sobre
la coyunturamundial, con una perspectiva al largo plazo.
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