Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Commentario 140, July 1, 2004
Agitación
geopolítica en Medio Oriente
La
soberanía de Irak le fue "retornada" al pueblo iraquí -más o menos. Y
ahora qué. Todo mundo busca saber si la guerra de guerrillas contra Estados
Unidos amainará, pero parece poco probable. Si no, qué podemos esperar en los
próximos seis meses, en cinco años. Existen cuatro factores cruciales,
interrelacionados, de inestabilidad y de posibles cambios significativos.
El
primero es si puede crearse un gobierno iraquí estable. Parece claro que el
nacionalismo está de vuelta en el candente centro de la política iraquí. Un
punto en el que concuerdan chiítas y sunitas, religiosos y seglares, es que
Irak debe restablecerse como Estado unificado, recuperar su fortaleza económica
y reasegurar su papel político como potencia importante en el mundo árabe. Muy
pocos líderes chiítas o sunitas están interesados en establecer un sistema
multipartidario, con gobiernos de alternancia y extensas libertades civiles.
Por el contrario, quieren un Estado fuerte. Lo más probable es que veamos
surgir un Estado neobaazista, con tres diferencias con el anterior. Funcionará
mediante la conjunción de las élites chiítas y sunitas. Tendrá un fuerte
componente islamita, a diferencia del régimen baazista secular, siendo las
mujeres quienes primero sentirán las diferencias. Ayad Allawi se posiciona para
ser el nuevo Saddam, después de liquidarlo en un juicio veloz.
¿Será
mejor para el pueblo iraquí o el gobierno de Estados Unidos? Eso está en duda.
Por lo pronto el actual "liderazgo" iraquí teme cortar su dependencia
con las fuerzas invasoras, y Estados Unidos continuará ocupando Irak hasta
nuevo aviso. Pero se diluyen las ventajas obtenidas por el gobierno iraquí con
este vínculo y crecen las desventajas. Es probable entonces que en seis meses o
un año quien gobierne Irak pedirá el retiro de esas tropas, a lo que el
gobierno estadunidense accederá más que gustoso. ¿Habrá elecciones? Tal vez.
El
destino de los kurdos es otro factor de inestabilidad. El nuevo gobierno iraquí
no alberga simpatía alguna hacia las demandas kurdas en pos de un régimen
federal, y los kurdos no parecen propensos a reconocer la legitimidad de un
gobierno que no les conceda lo que consideran justo. Los kurdos son un pueblo
enorme. Casi todos son musulmanes sunitas, pero hasta ahora las tendencias
islamitas han sido más bien débiles entre ellos. En lo colectivo, los kurdos
muestran el rostro clásico de un movimiento nacionalista, pero tienen una
historia ingrata.
Su
momento para haberse establecido como Estado soberano vino después de la
Primera Guerra Mundial, con la caída del imperio otomano. Pero no estaban lo
suficientemente organizados ni eran útiles para alguna potencia mundial. Así,
siguieron fragmentados entre varios estados soberanos distintos -Turquía,
Siria, Irak e Irán- y ninguno los trató bien.
En
consecuencia, hace ya algún tiempo que transitan el sendero de la rebelión
nacionalista y se hacen de aliados donde quiera que los hallen. En los últimos
30 años su suerte ha sido adversa. En la década pasada se jugaron la carta
estadunidense, presentándose como los aliados más fieles de Estados Unidos en
la región. No importó que dicha nación los traicionara aproximadamente en 1991.
Lo intentaron de nuevo en 2003. Danielle Miterrand, ardiente simpatizante suya,
les advirtió que Estados Unidos era un pilar de poco fiar para cualquier
estrategia que emprendieran. Y el tiempo le ha dado la razón. Aunque es
indudable que a Washington le gustaría mantener el respaldo de los kurdos, el
gobierno de George W. Bush decidió que le importan menos que el ayatollah Ali
al-Sistani, y si tiene que decidirse se inclinará por éste. En cualquier caso,
Estados Unidos no tiene mucho margen de maniobra. Ni siquiera puede seguir
otorgándole a los kurdos la misma protección distante que les concedió en los
90 a Saddam Hussein.
Los
kurdos se dan cuenta y ahora buscan al otro grupo sin amigos en Medio Oriente:
Israel. A este país le encanta la idea. Pero aunque pueda ofrecerles apoyo
técnico y conexiones políticas, no puede enviarles un ejército, que es lo que
los kurdos necesitan. Muy pronto, además, Israel puede verse en serios
problemas. El gobierno de Ariel Sharon se topa con más y más dificultades. Pese
a que el plan de retirarse de Gaza es una estafa, es mucho más de lo que Sharon
puede cumplir, dada la fanática resistencia de quienes favorecen los
asentamientos de colonos.
Sin
embargo, el problema no es ese. La resistencia palestina no amaina. Y la locura
antiArafat de Sharon parece garantizar que la resistencia asuma un tinte más
islamita, y como tal menos propenso a compromisos. Que Israel gire más y más a
la derecha crea un impasse del que
puede no haber salida política alguna. Sharon supone, como también Peres y
Mubarak lo hicieron, que el tiempo está en favor de los israelíes. "Crea
un hecho consumado y tarde o temprano el mundo lo legitimará", parece ser
el lema. Pero el tiempo corre contra Israel. Este es el tercer factor de
inestabilidad.
Van por
lo menos 30 años de que Israel cuenta con el ilimitado respaldo diplomático,
económico y militar de Estados Unidos, y los lazos se han estrechado. En el
gobierno de Bush es difícil pensar distancia alguna entre ambas
administraciones. Israel terminó convirtiéndose en el intocable tabú de la
política estadunidense. Toda los políticos apoyan a Israel, virtualmente en
toda circunstancia. Pero ¿qué tanto puede durar esta situación?
El
problema para Israel es ahora la invasión a Irak, que es un fiasco. Y la gente
en Estados Unidos comienza a rechazarla con más firmeza. Las encuestas más
recientes muestran que por vez primera la mayoría del pueblo estadunidense
considera que la invasión fue un error, y los miembros del sistema estatuido,
como el senador Fritz Holling, se atreven a escribir artículos diciendo que
"Estados Unidos perdió su autoridad moral". Si el país reflexiona
fundamentalmente sobre lo hecho en Irak, llegará el tiempo en que el público reconsidere
también su respaldo incondicional a Israel. Y cuando tal apoyo se colapse, como
ya ocurre en Europa, Israel se hallará en serios problemas.
Esto nos
lleva al cuarto factor de grandes cambios: Irán.
Este país
es una importante "potencia media" en el sistema-mundo. Cuenta con
una vasta población y de ella surgen cuadros altamente calificados. Tiene
riqueza, es heredero de una civilización muy antigua. Es también el enclave
principal, junto con el sur de Irak, del chiísmo. Es cierto que tiene muchos
problemas internos, que su régimen clerical es autoritario y que gran parte de
su población lo rechaza. Pero esto puede no afectar su fortaleza geopolítica,
como tampoco China la ve afectada por su estricto régimen político interno.
La
pregunta inmediata que se formulan los poderes mundiales en torno a Irán es si
aumenta su potencia nuclear. Concuerdo con quienes dicen que el gobierno iraní
no es franco en este punto. No tengo dudas de que está buscando desarrollarse
nuclearmente. Tampoco dudo de que en unos tres años, cuando mucho, hará
estallar algún artefacto para colarse al "club nuclear", como alguno
de sus funcionarios dijo de manera reciente.
Hay
muchas razones que refuerzan lo dicho. Primero, a Irán no se le puede
chantajear para que abandone su empresa. En el caso de Corea del Norte cabe la
remota posibilidad, pero no con Irán. Es más, parece que este país realmente
necesita la energía nuclear, si pretende lograr el tipo de desarrollo
industrial importante que tiene pensado. Pero sobre todo, Irán está
"rodeado" de potencias nucleares -India, Pakistán, China, Rusia,
Israel y, por supuesto, Estados Unidos. Un líder iraní que no impulsara la
fabricación de armas nucleares estaría loco. Además, esta nación no entiende
por qué está bien que India, Pakistán y, sobre todo, Israel sean miembros del
club, pero no está bien que Irán lo sea.
Hay otro
peligro que amenaza a Irán. No es una invasión estadunidense, pues Estados
Unidos no tiene ahora la fuerza militar, ya no digamos la fuerza política, para
emprenderla, no importa qué tantas bombas nucleares fabricara Irán. El peligro
que encara es un ataque aéreo israelí, con el fin de acabar con sus
instalaciones nucleares, de las misma forma en que Tel Aviv atacó Irak el 7 de
junio de 1981. Ciertamente, los israelíes consideran esto con mucha seriedad.
El problema es que el mundo cambió desde 1981. En aquel entonces, Israel
recibió un palmetazo por esta enorme violación de las leyes internacionales.
Hoy, después de la invasión a Irak, el mundo sería menos tolerante. De hecho se
enfurecería. Y el contragolpe contra Israel sería enorme, aun en Estados
Unidos. A muy poca gente en Europa o Estados Unidos le gustaría ser arrastrada
a un ataque militar contra Irán. Y con esto Irán aumentaría su ya considerable
influencia en la región, incluido Irak.
El
gobierno de Bush creó una tormenta de fuego, y Estados Unidos e Israel pagarán
el precio. Los neoconservadores no se esperaban un escenario así.
Traducción: Ramón Vera Herrera.
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