Fernand Braudel Center, Binghamton University
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141, July 15, 2004
"¿Quo vadis, America?"
¿Adónde va
Estados Unidos? Todos quieren saberlo, aun los estadounidenses. Hubo una vez,
no hace tanto, en que el mundo se dividía entre quienes saludaban a EEUU como
líder de las fuerzas mundiales por la libertad humana y aquellos que lo
consideraban una potencia imperialista, un oponente de lo que decía defender. Casi
todos los ciudadanos estadounidenses se situaban en el primer campo, al igual
que una buena proporción de los europeos, y porcentajes significativos de la
gente del resto del mundo. Por el contrario, quienes mantenían sentimientos
negativos hacia EEUU provenían, en gran proporción, de países no occidentales,
aunque existía también algún porcentaje de ellos en Europa. No hay
estadísticas, pero una suposición prudente es que la división era de 50-50.
En la era de
George W. Bush, esta alineación ha cambiado radicalmente. Una arrasadora
mayoría de la población mundial considera a EEUU como un gigante peligroso. Algunos
lo acusan de malevolencia, algunos de locura alimentada por la ignorancia y el
engreimiento, pero todos se preocupan y actúan con cautela. Por primera vez en
mi vida, un número significativo de estadounidenses también se preocupan y
ponen reparos ante lo que su propio país podría hacer, podría estar haciendo. Y
lo que nadie parece saber es a dónde se encamina Estados Unidos.
La pregunta es
probablemente la más significativa de la política mundial, por lo menos en los
próximos diez años. Después quizá se torne irrelevante, o tenga por lo menos
una importancia secundaria. Porque Estados Unidos está en una encrucijada, y no
tiene aún conciencia plena de las dimensiones de ésta. Vienen, por supuesto,
las elecciones de noviembre de 2004, que los medios ya señalan como las más
importantes que hayan ocurrido jamás. Esto es un poco exagerado. Pero queda
claro que el electorado está muy polarizado y la división es casi pareja. Tal
vez el Partido Republicano no había sido tan agresivamente de derecha desde
1936 (y en aquellas elecciones los vapulearon). El Partido Demócrata nunca
había sido tan apasionado en su oposición al presidente en turno. La consigna
"cualquiera menos Bush", se escucha en todas partes.
El respaldo
interno con que cuentan Bush y sus políticas se ha diluido de manera considerable
en el último año, en buena medida por lo ocurrido en Irak: el no haber podido
hallar las tan cacareadas armas de destrucción masiva, la continuada
resistencia guerrillera a la ocupación y el ignominioso trato a los prisioneros
iraquíes en Abu Ghraib y en todas partes. Y no obstante, como señalan todos los
encuestadores, el descenso en el respaldo de Bush no viene acompañado de un
aumento en el respaldo al contendiente demócrata, el senador John Kerry. Se han
dado muchas explicaciones para esta paradoja; entre ellas, la principal alude a
la personalidad de Kerry. Yo creo que la explicación es más simple. En el
fondo, muchos que no están contentos con las políticas de Bush dudan que John
Kerry actúe muy diferente.
Así que la
pregunta número uno es: si hubiera que revertir las políticas de Bush, por
razones morales o políticas, ¿qué políticas alternativas podría emprender
Estados Unidos para restaurar su autoridad moral a ojos de la opinión pública? Para
responder esto, debemos mirar el desarrollo interno estadounidense.
Desde el final de
la Guerra Civil en 1865 y hasta la elección de Franklin Delano Roosevelt en
1933, el gobierno de Estados Unidos (la presidencia, el Congreso y la Suprema
Corte) estuvo controlado por los republicanos. Luego, con el estallido de la
Gran Depresión, los demócratas del New Deal asumieron el poder y trajeron dos
cambios fundamentales a la política estadounidense: legitimaron el Estado
benefactor y llevaron al país de su aislacionismo dominante a una activa
política de intervencionismo en los asuntos mundiales. Después, en el periodo
posterior a 1945, Estados Unidos se asumió "multicultural". Católicos
y judíos por igual ascendieron en la escala política y social. Detrás de ellos
llegaron los negros, los latinos y otros grupos marginados exigiendo lo mismo
(incluidos aquellos marginados por sus preferencias sexuales). Este segundo
grupo nunca obtuvo la aceptación social lograda por los (blancos) católicos y
judíos, pero las peores y más claras discriminaciones terminaron, notablemente
en las fuerzas armadas.
Ante un país
dominado ahora por el partido demócrata, hubo una reacción
"conservadora" al Estado benefactor, al multiculturalismo y al
"internacionalismo". Quienes condujeron este movimiento vieron su
salvación en transformar el Partido Republicano en una agrupación de derecha,
nada centrista. Lo que estos conservadores requerían, sobre todo, era una base
de masas. Y la hallaron en el grupo que hoy se conoce como la derecha
cristiana, compuesto por personas particularmente molestas por la
liberalización de las costumbres morales y por el fin de la dominación social
garantizada de los protestantes blancos.
La derecha
cristiana estaba muy interesada en los así llamados asuntos sociales, en
particular el aborto y la homosexualidad. Lograron ganar votantes del Partido
Demócrata (los demócratas de Reagan) y movilizaron a gente que antes no votaba.
De Nixon a Reagan y George W. Bush, el Partido Republicano se movió
establemente a la derecha en lo relativo a los asuntos sociales. Pero también
desmantelaron el Estado benefactor y sustituyeron el
"internacionalismo" por algo que se incrustó con George W. Bush: un
unilateralismo basado en el derecho de Estados Unidos a emprender guerras
preventivas. Con el fiasco de Iraq, las fuerzas centristas de antes dijeron
basta y quieren a "cualquiera menos Bush".
La pregunta más
grande que enfrentan Estados Unidos y el mundo es: ¿y qué pasa si Kerry gana? Kerry
y quienes lo rodean parecen llamar a un retorno a los buenos tiempos de Clinton.
Quieren retomar donde los demócratas centristas se corrieron más a la derecha. ¿Es
esto posible? ¿Sería aceptable para los votantes estadounidenses? ¿Apaciguará
esto a los antiguos aliados de Estados Unidos, hoy ajenos?
Sea cual fuere el
resultado de las elecciones estadounidenses, no se aquietarán las pasiones en
torno al aborto y la homosexualidad, que tanto dividen socialmente. Y los
intentos por salvar los niveles de vida estadounidenses ante un déficit tan
increíble dejarán claro que no es posible seguir reduciendo los impuestos
mientras crecen y crecen los gastos en salud, en educación y en garantías para
los ancianos. Será insostenible también el militarismo machista sin un
compromiso de la ciudadanía estadounidense con un serio servicio militar, idea
muy impopular.
Es muy probable
que las presiones que recibe EEUU del resto del mundo aumenten radicalmente
después de las elecciones. La casi inevitable retirada estadunidense de Irak
(tal vez más pronta con Bush que con Kerry) será considerada una derrota, en
casa y afuera, y esto conducirá a terribles acusaciones internas en Estados
Unidos. Tal vez Europa y Asia oriental presten menos atención a la diplomacia
estadounidense. El dólar se debilitará. Y es factible que la proliferación
nuclear sea lugar común.
Ante tal
escenario, ¿podrá recomponerse Estados Unidos? Por supuesto. Sin embargo, esto
depende de cómo definimos recomposición. En un momento en que las fuerzas
armadas estadounidenses están extenuadas al límite, y sufren bajas constantes,
y cuando la deuda nacional aumenta a niveles récord, no sólo terminan los
tiempos de hegemonía sino los días de "dominación" y tal vez los de
"liderazgo". Recomponerse significaría revaluar internamente los
valores, la estructura y los compromisos sociales. Requeriría remontar la mayor
polarización social, económica y política de los últimos 30 años. Y esto
quedaría muy ligado a una reevaluación de cómo involucra Estados Unidos al
resto del mundo.
¿Quo vadis,
America? Estados Unidos se desgarra entre reconstituirse como un país con
importancia (en su propia visión y a los ojos del mundo) o quedar dividido
internamente y ser considerado irrelevante.
(1) Traducción,
Ramón Vera Herrera, revisada. La Jornada.
© Immanuel
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Estos
comentarios, publicados dos veces al mes, son reflexiones sobre el escenario
mundial contemporáneo, visto no tanto desde el punto de vista de la inmediatez
de la noticia sino a largo plazo.
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