Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Commentario 142, Aug. 1, 2004
Manual para las
elecciones presidenciales en Estados Unidos
Las
elecciones presidenciales en Estados Unidos son siempre importantes, al menos
así han sido los últimos cien años. Y afectan a todos en cualquier parte del
mundo. Las elecciones de 2004 son insólitamente tensas, por varias razones. Un
porcentaje mayor de la población estadunidense y mundial cree que importan. Las
predicciones apuntan a que serán en extremo competidas. Es muy evidente que
cada bando siente que no puede darse el lujo de perderlas.
Para
comprender lo que está en juego, debemos comenzar por observar algunos rasgos
estructurales de estas elecciones presidenciales que las hacen diferentes de
los principales comicios en aquellos otros países que cuentan con procesos
electorales significativos. La primera cosa es que Estados Unidos constituye un
sistema ge-nuinamente presidencial. Es decir, no elige un Parlamento que
designa a un primer ministro. No es siquiera semipresidencial, como Francia,
donde la capacidad de go-bierno del presidente es constreñida en gran medida si
no controla también el Parlamento. Y las elecciones tienen una sola ronda de
votaciones (a diferencia de Francia). Los partidos pequeños no pueden
transferir sus votos en una segunda vuelta. Por sí solo, este rasgo explica por
qué Es-tados Unidos tiene y debe tener un sistema bipartidista. Elegir al
presidente para un periodo fijo de cuatro años es una proposición de todo o
nada. Por tanto, si un candidato no construye una amplia coalición pa-ra ganar,
pierde. La existencia de otros partidos menores puede darle la elección a un
partido que, de otra forma, tendría una minoría de votos.
Y si esto
no fuera suficiente para garantizar su sistema bipartidista, Estados Unidos
cuenta con una curiosa reliquia del si-glo XVIII, un sistema electoral
colegiado, donde los votantes de cada uno de los 50 estados eligen a electores
que a su vez eligen al presidente. El número de electores en cada entidad es
igual al número de miembros de la Cámara de Representantes (más o menos
proporcional a la población) más dos. Esa previsión de "más dos"
ga-rantiza que los estados más pequeños tengan un peso ligeramente mayor que
las entidades más grandes. Y dado que la po-blación en los estados es relativa
a la concentración de personas en las ciudades y sus suburbios, el sistema le
otorga mayor peso a los votantes de los pequeños poblados y las áreas rurales.
Una consecuencia de esto es que un candidato puede ser electo presidente con
menos votos globales que su oponente. Esto ha ocurrido en muchas ocasiones, la
más reciente en 2000.
Hay un
tercer rasgo estructural. Las le-yes de cada estado contemplan que la mayoría
de los votantes en esa entidad elijan a todos sus electores estatales. Esto
significa que únicamente son importantes las elecciones en los estados donde la
votación es muy cerrada. En la actual elección, se piensa que la competencia
cerrada ocurrirá cuando mucho en 19 de las 50 entidades, y realmente será
crucial en unos siete. Cualquier mínimo viraje en las preferencias de los
votantes de siete estados puede determinar quién será el próximo presidente de
Estados Unidos.
Esto
explica por qué Estados Unidos cuenta con dos grandes partidos, cada uno de los
cuales es una coalición de diferentes grupos. Históricamente, el Partido
Demócrata era la organización a la izquierda del centro, y el Republicano era
el partido a la derecha del centro. Esta división reflejaba primordialmente
aspectos económicos: los derechos de los trabajadores, el Estado be-nefactor y
las políticas fiscales. En 1936, el presidente Franklin Roosevelt fue llamado
por muchos republicanos "traidor a su cla-se" porque, aunque en lo
personal provenía de una familia de clase alta y acaudalada, promulgó el New Deal (Nuevo Trato) y apoyó los
derechos de organización de los sindicatos. Esta división en cuanto a las
cuestiones económicas se mantiene vigente, pero se ha vuelto secundaria durante
los últimos 20 años.
El
Partido Demócrata acaba de celebrar su convención y nominó a John Kerry. To-dos
los comentaristas concuerdan en que fue excepcionalmente unificada. No hubo
casi voces de disenso en prácticamente ningún aspecto. Los delegados que tenían
reservas acerca de Kerry, se las guardaron en aras de un fervor por sacar a
George W. Bush de la presidencia. El tono de la convención se supervisó con
cuidado para re-saltar sólo los temas que podrían convencer a los votantes
"indecisos" de los estados clave que decidirán la elección.
Uno se
pregunta qué hizo que los de-mócratas mostraran tal unidad. Qué los mantiene
juntos. No es la política exterior. Aunque la mayoría de los delegados y de los
votantes demócratas consideran que la guerra contra Irak fue moral y
políticamente equivocada, no es ésta la postura de Kerry ni de sus asesores
cercanos, ni es la posición oficial del Partido Demócrata. Más bien Kerry alega
que la guerra fue conducida con ineptitud. Estados Unidos debió haber permitido
que continuaran las inspecciones. Debió haber trabajado más de cerca con sus
aliados tradicionales. Y Kerry promete hacerlo ahora. No propone retirarse de
Irak, sino aumentar la fuerza militar estadunidense.
¿Qué
unifica a los demócratas? Por qué todos los activistas contra la guerra están
por votar en favor de Kerry, pese a su posición en torno a Irak, que aun el Washington Post, un periódico de centro,
califica de "oportunidad perdida". ¿Son los aspectos económicos? Hay
diferencias, sin duda, en este terreno. Pero los republicanos buscan minimizar
las distancias. Y, a diferencia de 1936, las líneas no están tan fuertemente
trazadas. En los años de Bill Clinton no hubo avances importantes en el Estado
be-nefactor. Es más, Clinton promulgó la "re-forma de bienestar", que
durante mucho tiempo ha sido programa republicano.
Si las
líneas son borrosas en lo relativo a la política exterior y a las políticas
económicas, existe un ámbito donde las líneas entre los partidos Demócrata y
Republicano se mantienen bastante claras. Este terreno es el social, que tiene
tres componentes: multiculturalismo, liberalismo social y me-dio ambiente. En
este ámbito, 95 por ciento de los demócratas están de un lado y una vasta
mayoría de republicanos del otro.
Existen
muy buenas razones para que 90 por ciento de los negros y 70-80 por ciento de
los latinos voten por los demócratas. Y pese a toda su frustración por ver que
los demócratas no hacen lo suficiente por impulsar sus derechos aún más, saben
que los republicanos trabajan por desmantelarlos: apoyan leyes que los priven
de derechos civiles, se oponen a toda acción afirmativa, buscan promulgar leyes
que restrinjan el uso de la lengua a "sólo inglés" y acotan (y
cierran) los flujos migratorios provenientes del mundo que no es blanco.
En lo
tocante al liberalismo social, los dos principales aspectos que han dividido
durante los últimos 20 años a los estadunidenses son el aborto (este solo
aspecto explica por qué es más probable que las mujeres voten por los
demócratas que los hombres) y los derechos de los homosexuales, que de nuevo
sitúan a una inmensa mayoría de demócratas de un lado y a la aplastante mayoría
de los republicanos del otro. Un tercer aspecto surge ahora, el de la
investigación en células troncales*, asunto que surgió dramáticamente por el
discurso de Ronald Reagan Junior en la convención, donde llamó al país a votar
en favor de la investigación en células troncales (a lo que se oponen
activamente Bush y el Partido Republicano). Estos aspectos del liberalismo
social están vinculados a la exigencia de "libertades civiles", hoy
amenazadas por las políticas del procurador general Ashcroft y por la Ley
Patriota.
Por
último, el medio ambiente. Este fue un asunto político inventado por los
republicanos a la vuelta del siglo XX. Pero casi todos ellos lo abandonaron ya,
y el gobierno de Bush ha gastado mucha energía en desmantelar todo avance
logrado por el go-bierno de Clinton en este terreno.
Son
entonces estos aspectos sociales, no la política exterior ni lo económico, los
que explican la importancia que le otorgan los votantes a los designaciones
judiciales, en particular aquellas de la Suprema Corte y las nueve cortes de
apelación. El Partido Republicano tiene toda la intención de nombrar jueces que
serán hostiles a cualquier expansión de derechos en los ámbitos citados. Si el
Partido Demócrata gana las elecciones de 2004, se deberá en gran me-dida al
entusiasta, aun desesperado, apoyo de quienes están en favor de estos aspectos
del ámbito social. Sin duda, este partido confía en convencer a los votantes
indecisos de sus posturas en lo económico y en jalar a otros segmentos que
viven alarmados por la política exterior de Bush. Pero la unidad del Partido
Demócrata no está ahí. Los cambios propuestos por el gobierno de Kerry serán
menos notables en los aspectos económicos y en la política exterior que en el
ámbito social.
Traducción: Ramón Vera Herrera
© Immanuel Wallerstein. Todos
los derechos reservados.
*
Desarrollo reciente de la genómica y tema de controversia actual en muchas
partes del mun-do por sus implicaciones éticas.
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