Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Commentario 149, Nov. 15, 2004
Las elecciones
presidenciales de 2004 en Estados Unidos
George W.
Bush fue relecto presidente de Estados Unidos y cuenta con mayor margen de
respaldo en ambas cámaras del Congreso. Qué sigue ahora -en dicho país y en el
mundo. Cualquier análisis debe comenzar con una valoración del mandatario. Bush
es el presidente estadunidense más derechista desde la Gran Depresión. Es el
presidente más agresivamente reaccionario en la historia de Estados Unidos.
Utilizo el término "reaccionario" en el sentido clásico -alguien que
quiere retrasar el reloj político.
En su
primer periodo en el cargo, Bush demostró que no intenta negociar ni ser
moderado en su programa. Más bien intenta usar la aplanadora para lograr sus
objetivos, atropellando las fuerzas de oposición y aun a los miembros débiles
de su bando. Ya dijo que su relección le trajo capital político y que pretende
hacer uso de éste.
Al
interior del partido republicano, Bush cuenta con tres sectores de
simpatizantes: la derecha cristiana, los grandes negocios y los militaristas.
Cada uno se pavonea y mete presión para que Bush responda a sus intereses; sus
prioridades, sin embargo, son muy diferentes y únicamente le brindan un
respaldo nominal a las preocupaciones de los otros dos sectores.
Básicamente,
la derecha cristiana se preocupa por los asuntos internos del país. Su mira se
centra en dos cuestiones actuales: el matrimonio gay y el aborto. Para lograr
sus intereses, este sector requiere una reforma constitucional. Y como pretende
declarar ilegal el aborto, necesita que la Suprema Corte anule la decisión
conocida como Roe v. Wade. Esto requiere, definitivamente, que haya nuevas
designaciones en la Suprema Corte, de tal modo que pueda haber votaciones de
cinco a cuatro en favor de la anulación. Actualmente hay tres magistrados
listos para votar en esa dirección, pero uno está a punto de retirarse. Por tanto,
Bush necesita designar tres magistrados comprometidos en contra de la decisión
Roe v. Wade.
Pero este
es sólo el principio del programa de la derecha cristiana. Este sector quiere
deshacer toda la liberalización moral del siglo XX, lograda no sólo en Estados
Unidos sino en Europa y el resto del mundo. Si en Estados Unidos pudiera
interponerse en asuntos como el matrimonio gay o el aborto, trabajaría de
inmediato para prohibir el control de la natalidad, volver ilegal el sexo
homosexual, limitar el divorcio o acabar con él. Algunos incluso quieren dejar
a las mujeres fuera de la fuerza de trabajo y de las votaciones. Otra parte de
su programa implica retrasar el reloj respecto del racismo y para que Estados
Unidos se restablezca como un país dominado social y políticamente por los
protestantes blancos. Comenzarían por anular toda forma de acción afirmativa y
de ahí procederían con la inmigración y tal vez con el derecho al sufragio.
Esto desgarraría toda la evolución social que emprendiera Estados Unidos desde
el inicio del siglo XX.
Por
supuesto, esto expresa las intensiones del grupo más extremo. Pero debe
resaltarse que, al momento, este grupo extremo controla la mayor parte de las
estructuras políticas de la derecha cristiana y juega un papel importante en el
partido republicano. Su estrategia política es lograr que las cortes permitan a
las legislaturas hacer estas cosas, designando a personas lo suficientemente
jóvenes que garanticen la institucionalización de estas decisiones y luego
elegir tales legislaturas.
¿Puede
lograrlo? La derecha cristiana está en mejor posición que nunca para hacer que
ciertos tipos de jueces sean designados. Podría ser capaz de conseguir reformas
constitucionales, aunque esto requiere dos tercios del voto del Senado y la confirmación
de tres cuartas partes de los estados. No será fácil, pero no es imposible,
sobre todo si Bush respalda su intento.
No hace
falta decir que dicho intento se combatirá políticamente y molestará a una
todavía importante minoría de los llamados republicanos moderados. Bush saldrá
en apoyo de los cristianos de derecha siempre y cuando no pongan en peligro lo
que intenta en el frente económico, pues esto es más importante para él en lo
personal y, por supuesto, para sus simpatizantes de los grandes negocios.
¿Qué
quieren los empresarios conservadores? También desean retrasar el reloj -en lo
relativo a impuestos, regulaciones ambientales, demandas legales contra ellos,
costos de la salud. En cuanto a los impuestos, su idea es simple: desplazar la
carga fiscal de los ricos a los que no lo son. Han intentado hacerlo de varias
maneras: mediante la reducción de las tasas fiscales para las categorías más
altas, con la anulación de los impuestos a los dividendos y mediante las
llamadas reformas a la seguridad social y el seguro médico. El objetivo
inmediato es lograr que los principales recortes fiscales obtenidos en el
primer gobierno de Bush se vuelvan permanentes, y permitir, con las llamadas
cuentas individuales, que los programas de seguridad social sean optativos.
Esto último haría posible que las personas más jóvenes y más acomodadas dejaran
de contribuir al monto que ahora sirve para pagar los fondos de retiro. Ahondar
estos cambios llevaría a eliminar del todo la seguridad social (un logro del
gobierno de Roosevelt en 1935) y luego el impuesto sobre la renta (legalizado
en 1913 por reforma constitucional). Los ingresos del gobierno estarían
entonces asegurados por un impuesto parejo o por un impuesto nacional sobre la
venta, ambos altamente regresivos.
En cuanto
a lo ambiental, la mayor parte del programa de Bush se emprenderá mediante
decreto del ejecutivo, aunque seguirán buscando que el oleoducto de Alaska pase
por la decisión de la legislatura. Confían en que las cortes transformadas no
los frenen. Lo mismo ocurre con los esfuerzos por constreñir los llamados
litigios de acción de clase (class action
suits), mediante las cuales se somete a cuentas a las grandes empresas por
sus infracciones. En este rubro, Bush intentará promulgar una "reforma de
agravios" que limite los montos de castigo financiero que pueden imponer
las cortes. Y, por supuesto, Bush está empeñado en no hacer nada para
constreñir a las compañías farmacéuticas por su indecente nivel de ganancias,
pese a que busca promulgar las llamadas reformas al seguro médico, que de hecho
reducirán sus beneficios reales.
Esto
también se combatirá en lo político. Las mayores restricciones al gobierno de
Bush vendrán menos de los demócratas que del más sofisticado estrato
capitalista, que hoy se preocupa por la posible dilución del dólar y la
monstruosa deuda gubernamental, que crece a pasos agigantados, lo que
resultaría en un desastre para la bolsa de valores. Algunos comienzan a decir
que, si ocurren estos cambios, el gobierno de Estados Unidos debe aminorar sus
costos. Y es sólo del presupuesto militar de donde puede recortarse un monto
significativo, en el corto plazo, lo que nos lleva al tercer sector
simpatizante, los militaristas, incluidos los neoconservadores.
Los
militaristas quieren regresar a la época, más reciente, en que Estados Unidos
era la incuestionable potencia hegemónica del mundo y podía dictar lo que
ocurriera en cualquier parte, o casi. Durante el primer gobierno de Bush este
sector se situó en primer lugar y la pregunta es si puede mantener su posición
en este segundo periodo. Es claro que la guerra contra Irak no resultó como
habían pronosticado los militaristas y los neoconservadores. En casa tienen
dificultades, y no únicamente con el movimiento contra la guerra; también con
las fuerzas conservadoras y centristas que lamentan la locura y el costo
económico de la invasión. Queda claro también que, aunque las propias fuerzas
armadas estaban felices de tener más dinero para su equipamiento, rezongan ante
la posibilidad de quedar atrapados, de nuevo, en un conflicto militar que no
tienen certeza alguna de ganar. Temen el rebote negativo que implicaría para
las fuerzas armadas una retirada. Los altos mandos recuerdan Vietnam, tiempo en
el que ellos eran los oficiales jóvenes.
Los militaristas
civiles parecen desear un rápido despliegue de avance -invadir Irán, Cuba. Sin
embargo, este aspecto del programa de Bush es el que tiene menos probabilidad
de conseguirse o de intentarse siquiera. Más allá de la hostilidad mundial
hacia Estados Unidos por ser un "Estado bravucón" (Hungría decidió
anunciar la retirada de sus tropas de Irak un día después de las elecciones
estadunidenses), el paso con pies de plomo de los altos mandos hallará
considerable respaldo en el sector de los grandes negocios, horrorizado ante el
continuo drenado financiero de las guerras -que amenaza la posibilidad de
lograr los cambios económicos que busca.
Lo que
podemos esperar de Bush es que le pise al acelerador. Pero al hacerlo arriesga
tropezarse con las divisiones de su propio bando y con serias críticas a escala
mundial que lo fuercen a retirarse de Irak. El resultado neto sería un fuerte
movimiento contra la guerra en Estados Unidos, que podría revitalizar a la
izquierda, y un fuerte resurgimiento del aislacionismo -que históricamente tuvo
base social en la izquierda y la derecha. En el largo plazo, tiene pocas
posibilidades el programa de Bush en el sistema-mundo. Pero, por el momento,
tiene muchas en lo relativo a las cuestiones internas del país. Tal vez estemos
ante un sistema judicial que fuerce el retroceso de la vida social. Y si eso
ocurre, la polarización de la vida política de la que todos hablan puede
escalar a serios niveles de conflicto interno. Estados Unidos es el gran
perdedor de las elecciones de 2004; tal vez el mundo gane algo.
Traducción: Ramón Vera Herrera
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