Fernand
Braudel Center, Binghamton University
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Comentario Nº
93, 15 de julio de 2002
"Juez,
Jurado y Verdugo"
He tomado como
título del comentario de esta quincena el de un artículo que apareció en uno de
los principales periódicos australianos, el Sydney Morning Herald, el 5
de julio de 2002, aludiendo a la obcecada oposición del gobierno estadounidense
al Tribunal Internacional de Justicia (TIJ). El mundo ha contemplado
recientemente la siguiente sucesión de acontecimientos extraordinarios: el TIJ
quedó establecido por un tratado internacional firmado por Estados Unidos
durante la presidencia de Clinton, quien no lo sometió a ratificación, en parte
porque las Fuerzas Armadas estadounidenses estaban descontentos con él, y en
parte porque no había posibilidad alguna de que el senado estadounidense lo
ratificara. A pesar de todo lo firmó, a fin de proporcionar a Estados Unidos la
posibilidad de proponer futuras enmiendas al tratado.
Cuando llegó
Bush al poder, Estados Unidos dio un paso adelante. Bush “desfirmó” el tratado.
Eso no era en absoluto legal, pero así se hizo efectivamente, y en la práctica
la desfirma fue meramente un acto retórico. Se preveía que el tratado entraría
en funciones sólo cuando lo hubieran ratificado 60 países. Estados Unidos creía
que eso no ocurriría en menos de diez años, pero de hecho se logró en sólo dos,
y el TIJ empezó a existir formalmente el 1 de julio de 2002. El tratado, tal
como está escrito, se aplica a todos los países, sean o no signatarios. Ofrece,
bajo circunstancias especificadas y con muchas salvaguardias, la posibilidad de
perseguir a gente por actos que violen las reglas de la guerra, en un Tribunal
que tendrá su sede en La Haya, Países Bajos.
El gobierno
estadounidense, para decirlo expresivamente, se subía por las paredes. Pulsó
todas las teclas. La primera ocasión concreta fue la renovación del mandato de
Naciones Unidas para mantener las tropas en Bosnia, que debía tener lugar el 1
de julio. Estados Unidos vetó esa renovación cuando el Consejo de Seguridad se
negó a votar una exención explícita de las disposiciones del tratado para los
soldados estadounidenses y el personal de su gobierno.
Estados Unidos
ha amenazado también con vetar otras misiones de paz de Naciones Unidas sometidas a renovación o creación. Esto
incluye, por ejemplo, las fuerzas en la frontera entre Israel y Líbano, que
mantienen a Hezbollah alejado de la frontera israelí, lo que hasta ahora ha
sido muy apreciado por el gobierno de Sharon. Por añadidura, un comité del
Congreso estadounidense ha votado ya una disposición que excluye de la ayuda
militar a cualquier país que ratifique el tratado.
¿Con quién está
peleando Estados Unidos? Los países del denominado “eje del mal” no son signatarios
del tratado, ni tampoco China. Los principales signatarios y defensores del TIJ
son aliados de Estados Unidos en la
OTAN. Son Gran Bretaña y Francia los que han encabezado la oposición a los
esfuerzos de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad para obtener una
exención especial a las disposiciones del tratado. Se ha llegado a decir que,
si un estadounidense fuera conducido ante el TIJ en La Haya, Estados Unidos
enviaría una misión de rescate. Así pues, estamos considerando la posibilidad
de que marines estadounidenses desembarquen en los Países Bajos con intenciones
hostiles para “rescatar” ciudadanos estadounidense acusados de crímenes de
guerra.
Parece el país
de las maravillas de Alicia. ¿Hay alguna explicación para toda esa histeria de
Estados Unidos? Tiene mucho sentido, empero, si se comparte la lógica de los
halcones estadounidenses. El hecho es que la creación del TIJ es de hecho un
paso más en la creación de una legislación internacional, y como tal una
intrusión en las soberanías existentes. Se pretende que sea así. Por supuesto,
como dicen los europeos occidentales, el tratado está destinado a combatir
violaciones tremendas de las normas internacionales existentes, el tipo de
crímenes de los que se acusa ahora a Milosevic ante un tribunal especial.
Esencialmente, es un tribunal permanente del mismo tipo. Es también cierto que
el tratado actual dispone que si un individuo es acusado de ese tipo de
crímenes, se ocupen de ello primero los tribunales de su propio país, y
solamente se puede presentar el caso ante el TIJ si éstos no consideran el
caso. Es por tanto muy improbable que cualquier ciudadano estadounidense sea
acusado ante el TIJ en el momento actual.
Pero en Estados
Unidos se dicen dos cosas. Los tiempos pueden cambiar. Y hay muchas personas en
el resto del mundo lo bastante indignadas con Estados Unidos como para realizar
contra ellos múltiples acusaciones, una o más de las cuales puede llegar a
plantearse en un tribunal estadounidense. Desde luego, es así. La cuestión es
si Estados Unidos desea apelar a la “ley” para resolver tales asuntos o si
insiste en ser “juez, jurado y verdugo” en un mundo sin ley.
La actitud del
actual gobierno estadounidense tiene tras de sí una larga historia. Durante
mucho tiempo, en Estados Unidos, una parte significativa de la población y de
sus dirigentes políticos han mirado con hostilidad el derecho y las
instituciones internacionales. Ese sector de la opinión pública combina el
aislacionismo con el militarismo. Hasta 1941, esas opiniones tenían gran
influencia en el partido republicano (los demócratas “aislacionistas” tendían a
ser relativamente pacifistas). Había también, por supuesto, un ala
“internacionalista” en el partido republicano, relacionada con Wall Street, los
grandes negocios y la costa Este, pero siempre fueron minoría.
La segunda
guerra mundial hizo impopular y políticamente insostenible el aislacionismo. La
famosa conversión del senador Arthur Vandenberg a la reciente estructura de las
Naciones Unidas constituyó la base política sobre la que se construyó en los
años siguientes a 1945 la política exterior “bifronte” estadounidense. La
guerra fría, como es obvio, contribuyó considerablemente a justificar el
“internacionalismo”. El final de la guerra fría marcó también el final del compromiso
estadounidense con el “internacionalismo”, regresando públicamente a su actitud
anterior a 1941, una combinación de aislacionismo y militarismo. Bajo esa luz,
a menos que la OTAN sea enteramente servil frente a los deseos estadounidenses,
se convierte en un enemigo tan indeseable como el “eje del mal”. Eso es lo que
se está demostrando con la discusión sobre el hipotético envío de marines
estadounidenses para invadir los Países Bajos.
Por supuesto, esa actitud estadounidense causa estragos en los intentos
de la Unión Europea (y Canadá) por construir un “orden mundial”, en el que el
TIJ desempeña un importante papel como institución destinada defender los
“derechos humanos”. Los halcones estadounidenses no tienen ningún interés en
semejante orden mundial. Lo que les interesa es reafirmar la potencia militar
unilateral estadounidense e imponérsela a todos, también a los aliados de la
OTAN. La idea de que un soldado estadounidense pudiera ser enjuiciado en algún
lugar por haber cometido un acto violando la legislación internacional y las
normas de la ley natural es simplemente impensable para los halcones
estadounidenses. Ya que, dicen, tras el juicio contra el sargento X vendrá la
acusación contra Henry Kissinger o, ¿por qué no?, contra el propio George W. Bush.
Un compromiso
de última hora ha pospuesto la cuestión por un año. Pero eso no arregla mucho
las cosas. Una de dos, o bien Bretaña, Francia y los demás se pliegan, se
desmantela el TIJ y Estados Unidos prevalece como “juez, jurado y verdugo”, o
bien no se pliegan y puede que entonces haya que desmantelar la OTAN. No es
humo de pajas lo que estamos viendo y oyendo.
Immanuel
Wallerstein
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